Por: Oscar Alarcón

Macrolingotes

La renuncia del papa se debe en gran parte a los 35 años de ausencia de poder que tienen los italianos.

Luego del pontificado polaco y alemán, los tradicionales jefes de la burocracia vaticana se han sentido ausentes. Wojtyla era un pastor de gran carisma, ejecutor de políticas internacionales que mucho tuvieron que ver con la caída del comunismo y del muro de Berlín, muy distinto de Ratzinger, un teólogo, un intelectual, discreto, a quien, por el contrario de aquel, mucho le encantaba encerrarse en sus habitaciones privadas, lejos del mundanal ruido, pensando en el más allá, mientras el más acá lo dejaba en manos de esa burocracia acostumbrada al poder. Mirando más al cielo que a la tierra.

Tarcisio Bertone, gran amigo de Benedicto XVI y hoy su enemigo, es el secretario de Estado y quien como camarlengo manejará el conclave y el papado en estos días de interinidad; le ha hecho más de una al pontífice dimitente a pesar de que los cardenales Camilo Ruani, Angelo Scola y Angelo Bagnasco le han hablado al oído contándole las triquiñuelas que le hacen. Ha enviado al exilio a algunos de sus más queridos colaboradores, como a Carlo Mario Viganó, a quien le quitó el manejo de compras y licitaciones, trasladándolo como nuncio a los EE.UU. a pesar de que, previendo lo que le esperaba, le había pedido al papa que no lo removiera de allí porque había muchos “negocios raros”. No obstante, Bertone lo cambió y el papa lloró antes que reversar la decisión.

A Ettore Gotti Tedeschi, presidente del Instituto para las Obras de Religión, conocido como el Banco Vaticano, el cardenal Bertone lo destituyó fulminantemente y hoy no se hablan. Al mayordomo Paolo Gabriel también lo sacaron después de un juicio, pero el papa lo perdonó. En fin, el Sumo Pontífice se siente en el lugar equivocado y por eso renunció.

Todo esto pasa en ese pequeño Estado que es el Vaticano. Y pensar que todo comenzó con un pesebre, sin asno y sin buey.

 

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