Opinión |27 Feb 2013 - 11:00 pm
Similitudes y diferencias
Por: José Fernando Isaza
Hace años, en un lejano país, un ambicioso político, con relaciones con las tenebrosas organizaciones de seguridad del Estado, fue elegido presidente.
No logró modificar la Constitución para permanecer indefinidamente en el cargo, pero la pudo cambiar para ampliar durante su ejercicio el período presidencial; en lenguaje coloquial puede decirse que cambió medio articulito. Su ambición y delirio del poder lo llevaron a pensar que nadie diferente de él podría gobernar un país con corrupción, mafias, costas en dos océanos. Buscó un sucesor que siguiera cabalmente sus instrucciones, mientras volvía al poder. Para evitar riesgos, durante su vacancia como presidente aceptó el cargo de primer ministro; puede pensarse que el presidente no le daba instrucciones a su ministro, sino todo lo contrario. Pasado el período de transición, nuevamente al primer ministro fue elegido presidente. No hay información de que el presidente interino se molestara si lo hubieran llamado “marioneta”. El país es Rusia.
Volviendo a nuestras latitudes, en varias de las reuniones del nuevo partido de un expresidente que no puede aceptar que alguien diferente de él tomé la dirección del país, su primer anillo de seguridad fijó como condición necesaria para que el candidato tenga la bendición y el apoyo que debe cumplir las órdenes del expresidente y limitar su gestión a lo que le ordene el jefe natural del nuevo partido, quien no puede ser elegido para un tercer período.
Algunos comentaristas afirmaron que más que un candidato se buscaba una marioneta. Casi todos los integrantes de la larga lista de aspirantes reaccionaron indignados. Arguyeron que se los estaba insultando, que el cumplir a cabalidad las órdenes de un candidato era un inmerecido honor. Tal vez el término marioneta no esté bien utilizado. Las marionetas fueron más populares antes de la mitad del siglo pasado. En la actualidad, ese papel lo cumplen, con mejor sentido de modernidad, los robots.
Más apropiado es imaginarse al expresidente, no manejando los “hilos” del poder, sino con su teléfono inteligente dando órdenes e instrucciones a su elegido, para que éste no tenga necesidad de pensar sino de actuar.
Apostar e incentivar el fracaso de las conversaciones de paz para que su pupilo aumente las posibilidades electorales demuestra más amor al poder que al bienestar del país. Aun sin ser optimista sobre las negociaciones en La Habana, bien vale la pena la búsqueda del fin del conflicto.
En este nuevo intento para lograr la dejación de las armas por parte de las Farc, se han analizado los errores de las mesas de diálogo pasadas, en particular las del Caguán. Negociar en medio del conflicto, sin tregua bilateral, implica que tanto el Ejército como la guerrilla continúen sus acciones militares. Descalificar la negociación por las acciones de guerra de las Farc es no entender que se negocia en medio del fuego. Hace falta pedagogía por parte del Gobierno, el vocero no debe ser únicamente el ministro de Defensa; hay espacio para otras voces más civilistas, como el ministro del Interior, que no estén participando directamente en la negociación. La paz es bienvenida, así le reste potencial electoral al candidato robot.
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