Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Una renuncia, una elección

Y renunció Benedicto XVI. Hay líderes sociales y políticos —y el pontífice católico obviamente lo es— que se crecen con la adversidad. Benedicto pertenece a esta categoría.

Si algo marcó su mandato, abruptamente trunco, fue su endémica falta de carisma, que contrastaba con la presencia abrumadora de Juan Pablo II. No era sólo la sonrisa envarada y el gesto distante. Era la falta total de esa sustancia indefinible que hace que un líder político logre hacer contacto con la multitud. En el caso del catolicismo, con su vocación ecuménica, el desafío es mucho mayor. Al fin y al cabo, la abrumadora popularidad de un Chávez o de un Correa, aparte de lo que puedan haber hecho o dejado de hacer, se puede entender a partir de características idiosincráticas de sus propios países. Saben hablarles a sus gentes, y eso no se aprende ni en academias ni leyendo mucho (no: ser caudillo no es cosa fácil). Pero es un arte acotado por las fronteras nacionales. El papa, en cambio, tiene que hablarles a multitudes que mascullan decenas de idiomas distintos, cultivan cientos de entusiasmos heterogéneos, y rumian mil odios contradictorios. Si el carisma es inaprehensible y frágil, algo que no se puede adquirir conscientemente —de la misma manera que no puedo hacer un plan para ser espontáneo—, el carisma global es, para ponerlo en términos católicos, una de las más bizarras bendiciones de Dios.

Benedicto, que careció masiva, palpablemente de él, de pronto hizo el clic el día en que pronunció su discurso definitivo de despedida frente a una plaza romana llena de gentes, que se pusieron de pie y lo aplaudieron sin parar, como en los buenos días del estalinismo (creo que es Zinoviev quien reporta que bajo ese régimen los miembros del auditorio aplaudían interminablemente al líder mientras se espiaban los unos a los otros, pues el que terminara de primero podía ser acusado de desviacionismo político). Sólo que aquí no había miedo. Y vi, o creí ver, una conexión genuina entre la gente y ese mandatario ahora solitario y frágil, atormentado —Benedicto carece de la piel de rinoceronte de un Juan Pablo II, cosa que me produce simpatía—, que le predicaba con terquedad desconcertante pureza a este nuestro mundo irremisiblemente impuro.

Sale Benedicto, que fue tan conservador como Juan Pablo II, sólo que más frágil y más vulnerable frente al escándalo. ¿Y ahora qué? La Iglesia, pese a la pérdida sistemática de fieles y de vocaciones, sigue siendo una potencia espiritual. Pero se encuentra en serios problemas. Primero, sus dignatarios pertenecen a un mundo, y su base social a otro. Ésta se encuentra básicamente en América Latina, en las barriadas y favelas, no en las escuelas de teología de Bavaria. Segundo, la opción del liderazgo católico en las últimas décadas —a favor de un agresivo conservatismo moral, pero puntuado por escándalos permanentes— ha abierto un abismo entre aquél y millones de católicos convencidos y sinceros, pero modernos. ¿El papa podría ser norteamericano? Las católicas de Estados Unidos toman la píldora y no entienden por qué no pueden ser sacerdotisas. Tercero, incluso allí donde aún tiene hegemonía amplia, se ha roto el monopolio del catolicismo sobre la fe. Verbigracia, Colombia.

A su favor, la Iglesia tiene que las tendencias que muchos creían ver hace algún tiempo —laicización y desnacionalización inevitables— han dado un brusco giro en la dirección contraria. ¿Hacia dónde se dirigirá esta institución milenaria? Tocará esperar, ahora literalmente, el humo blanco para saberlo.

Cosquilleo E6. Seguimos sin saber qué pasa con los ahorros de los pobres. Hay diseños institucionales elementales que hablan montañas sobre cómo funciona una sociedad. ¿Hasta cuándo va a seguir esto?

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