Por: Ricardo Bada

El canon femenino de Mr. Bloom

Existen diversas maneras de demostrar (sin querer) el chauvinismo que nos habita (sin saberlo, en el más favorable de los casos).

Así por ejemplo, según Harold Bloom, uno de los grandes gurús de la literatura occidental, las mejores escritoras de la Historia han sido Jane Austen, George Eliot, Charlotte y Emily Brontë, Willa Cather, Emily Dickinson, Murasaki Shikibu, Iris Murdoch, Flannery O’Connor, Christina Rossetti, Edith Wharton y Virginia Woolf. Y hablando a calzón quitado, su lista me parece nauseabundamente anglosajona, aun no teniendo nada en contra de ninguna de esas doce autoras: es más, entre ellas se cuentan tres de mis mayores amores literarios.

Pero al parecer Bloom no ha leído jamás a Safo, Selma Lagerlöf, Else Lasker-Schüler, Colette, Simone de Beauvoir, Marguerite Yourcenar, Emilia Pardo Bazán, Grazia Deledda, Teresa de la Parra, Gabriela Mistral, Clarice Lispector, Wislawa Szymborska e tutti quanti.

O todavía mucho peor: las ha leído y no supo evaluar la grandeza de sus obras.

Ya es bastante desgracia nacer hembra, a pesar de todas las conquistas que la mujer ha conseguido a partir del movimiento sufragista inglés en el siglo XIX. Pero cuando se trata de los “dominios” (¡qué esclarecedora la palabra alemana al respecto!), que, de un modo “natural”, “pertenecen” al varón, ah, entonces, el ninguneo ya es de aquellos de alquilar balcones.

Si a ello se le añade la componente racista y reduccionista, como en el caso de Mr. Bloom, quien cree que la literatura es un arte anglosajón imitado con mayor o menor fortuna por otras etnias no tan dotadas para él, dentro de esa lógica se llega a la congruente conclusión de que las únicas mujeres con capacidad competitiva en una tarea de varones no pueden ser sino las anglosajonas.

Es tan lamentable semejante constelación que uno sólo puede pensar si no será que las neuronas de Mr. Bloom están programadas con anteojeras semejantes a las del burro en la noria. ¿Cómo tomarse en serio el resto de su obra si fracasa de modo tan rotundo en un aspecto tan relevante?

¿Quién me tomaría en serio si yo asegurase, ex cátedra, como Mr. Bloom, que la flor y nata del fútbol mundial han sido Stanley Matthews, Gordon Banks, Bobby Charlton, Bobby Moore, George Best y David Beckham? Por supuesto que nadie me discutiría los méritos de esta media docena de formidables futbolistas, pero la aseveración de que ellos son la cumbre de su oficio, “olvidándome” —para citar sólo tres ejemplos indiscutibles— de Di Stéfano, Pelé y El Pibe Valderrama, me dejaría en un ridículo irredimible. Sólo que, como buen anglosajón, parece que Mr. Bloom no le teme a eso. Qué felicidá.

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