ANGÉLICA BELLO NO PUDO CON LA orden definitiva que la forzaba a nuevo desplazamiento. Se pegó un tiro en la boca. Dejó cuatro hijos y una vida de sufrimiento que ni siquiera su capacidad de resiliencia pudo con él. Lo último que hizo, hace poco más de un mes, fue describir con crudeza, delante del presidente Santos y un amplio grupo de asistentes en la casa de Nariño, la huella imborrable que deja en una mujer la crueldad de una violación, para hacer de su ejemplo el mayor argumento para encarecerle al Gobierno recursos para programas psicosociales que permitieran recuperarse de los vejámenes de la guerra. Algo que finalmente ella no consiguió.
Su éxodo empezó a finales de los años 90. Escapó del exterminio de la UP —movimiento político que ayudó a fundar su padre en Arauca—, porque alcanzó a abandonar afanosamente Saravena. Después de dos años de desconsolador rebusque en Bogotá salió, siempre con sus cuatro hijos, hacia Villanueva en el Casanare, donde la tranquilidad duró poco. Padeció la crueldad paramilitar cuando alias El Tigre, del bloque Centauros, se llevó a sus dos hijas, Luisa Fernanda, de 14 años, y Brigitte, de 9, y las devolvió tras semanas, violadas y humilladas, a condición de abandonar el pueblo en horas.
La huida rumbo a Villavicencio fue de noche. La soledad de su desesperación la llevó a esconderse en una iglesia de donde el párroco la rescató y protegió hasta que Angélica pudo empezar a ganarse la vida con el hilo y la aguja, como había aprendido de su mamá. En Villavicencio fundó la Fundación Nacional Defensora de los Derechos de la Mujer, convirtiéndose en la voz de cientos de mujeres violentadas, hasta cuando tuvo que irse por cuenta de un atentado que la dejó coja para el resto de su vida.
En Bogotá emprendió el camino que concluyó con el auto 092 de la Corte Constitucional que reconoce, desde el 2008, la obligación del Estado de proteger los derechos fundamentales de las mujeres víctimas del conflicto armado. Un logro que la convirtió nuevamente en blanco de llamadas intimidatorias, panfletos y sufragios que se volvieron realidad cuando tres hombres interceptaron el taxi en que viajaba y, en las inmediaciones de la Universidad Manuela Beltrán, la bajaron a empellones y en la zona boscosa de Bogotá la torturaron y violaron hasta la locura.
Las denuncias llegaron a la Fiscalía y al Ministerio del Interior, donde le aseguraron protección hasta en su nuevo destino, Codazzi, donde reinició su trabajo con mujeres decididas a no dejarse destruir por la bestialidad de la guerra. Las amenazas tocaron su puerta la semana pasada, con la orden perentoria de abandonar el Cesar en 72 horas. Por un momento pensó en Barranquilla. Pero esta vez las fuerzas no le dieron para emprender un nuevo éxodo a sus 45 años. Acorralada por los miedos y las imágenes nocturnas de horror que nunca abandonan a las mujeres que han sido violadas, tomó la pistola de uno de sus escoltas. La encontraron muerta en su cama. ¿Cómo no va a ser urgente ponerles fin a historias recurrentes como la de Angélica Bello y apostar a que esta absurda guerra termine algún día? ¿Cómo no lucha el país entero para que haya un nuevo amanecer?
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María Elvira Bonilla | Elespectador.com
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