Por: Lorenzo Madrigal

Noches de Castel Gandolfo

NO ME QUEDÓ GUSTANDO CASTEL Gandolfo. Por causa del detallado cubrimiento, prácticamente viajé en el helicóptero con Su Santidad Benedicto Dieciséis, arrancando de una colina romana y mareándome junto al venerable dimitente, mientras daba vueltas sobre la ciudad de los papas. Fui transportado a las estancias vaticanas y puesto virtualmente a bordo hasta esa población de descanso papal.

Al seguir de cerca la renuncia del pontífice, me preocupa el estado de envejecimiento que pudo verse de su rostro en algunas tomas cercanas: su mirada desdibujada; su sonrisa esquiva —tímida y esquiva ha sido— con deterioros evidentes y, eso sí, el cabello al viento sin mayor arreglo; la vestidura final fue sencilla y contrastó con el oro desmesurado de los pasados y pesados ornamentos, que acababa de dejar.

Pero Castel Gandolfo me pareció aburrido, con su plaza reducida; el caserío apretado, medieval, posiblemente con esa vecindad atosigante y ruidosa, que es propia de los poblados italianos, y todo ello muy próximo al castillo de verano de los papas. Imagino que se escucharán las consejas de las matronas de ventana a ventana y hasta la ropa secándose será paisaje para el papa emérito. Los jardines versallescos, del lado del lago, le restan belleza natural al paisaje. Sólo el descanso de tanto trajín, le traerá solaz al anciano pontífice, si tiene la suerte de dormir bien sus noches (noches de Castel Gandolfo), como se lo deseo, muy solícito con el abuelo de la cristiandad.

La capilla Sixtina quedó atrás para él y espera el cónclave. Renovada, volvió a su alboroto de color original. Pude ver viejo y reseco ese espectáculo barroco de horror al vacío, sin un ápice de respiro entre un dibujo abigarrado y el siguiente. Un libro ilustrativo me muestra ahora los detalles de su última restauración, la de Juan Pablo II (entre 1980 y 1994) y me inquieta cierto contorno dibujístico con el que se protege cada figura. No sé si esos recorridos lineales fueran propios de Miguel Ángel, aunque lo dudo.

En las restauraciones, la mano del artista original, su pulso, su brochazo, aquel intangible nervioso de su trazo, sin duda se echa a perder. El conjunto decorativo gana; el testimonio gráfico personal pierde.

En ese ámbito multicolor, el púrpura de los cardenales, reunidos en la capilla, semeja un zócalo rojizo y uniforme, desde el cual se decidirá una etapa más en la historia de la Iglesia.

Suena el cardenal Ángelo Scola (boceto), seguidor de Ratzinger, no propiamente aperturista, sino más bien de los que, según Küng, llevarían a la Iglesia a una “edad de hielo”. Conjeturo que asumiría el nombre de Benedicto XVII, sin importar la repetición.

Pero imagino a Gianfranco Ravasi (“Paulo VII”) o, como sorpresa, a Christoph Schönborn, austríaco (“Juan XXIV”).

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