Opinión |8 Mar 2013 - 11:00 pm
Miseria
Por: Juan David Ochoa
Era común tildar de horripilante y vergonzosa la apertura del modelo neoliberal desde el cuatrienio de Gaviria...
Era común tildar de horripilante y vergonzosa la apertura del modelo neoliberal desde el cuatrienio de Gaviria, como lo fue la antigua y recurrente entrega a cuotas de una endeble soberanía a las hegemonías del mundo, como décadas atrás también lo fue, en la larga descendencia de la desfachatez y de la turbulencia interna, la feria del frente nacional en la que el pacto dual de los partidos, hoy prostituidos todos, se intercalaron el poder para frenar el baile sádico de la matanza.
Los periodos del poder reflejaron siempre la debilidad en una historia que no podía construirse en los cimientos de su identidad y se perdía en los tentáculos del caos, (injusticia, corrupción y muerte). Se empantanaba el tiempo entre el rencor y la cultura del desprecio reciproco se percibía en la genealogía del desangre, desde la guerra desastrosa de los mil días hasta el siglo de la patria boba en que la realidad rompió la atmósfera de lo creíble. Era común que se añorara cíclicamente la llegada de un futuro para subsanar tanta desgracia sin fondo.
Extrañamente, una esperanza que parece ser intrínseca en las sociedades torturadas y abatidas, resistió la presión de los estragos que insistentemente reiteraban el abismo en que caían enteras las generaciones del fracaso. Pero en un círculo vicioso, en el mismo en que esta historia ha repetido sus catástrofes y sus absurdos, el avance no era más que un nuevo nombre entre la hambrienta espiral de la tragedia, y esa succión carcomía las estelas de esa terca esperanza sin poder eliminarla, incluso en esta coyuntura del tiempo cuando estallan las últimos esfuerzos y se apartan los estratos entre el bache de la inequidad.
Ahora, Después del vendaval sanguinolento del caudillo envenenado que en sus dos periodos de sevicia y paranoia perturbó la realidad que ya era ambigua y oscura, después de su caída y del ascenso de otro nombre que empezaba a construir sobre la escoria, la espiral vuelve a absorber. De nuevo los esquemas de un sistema anquilosado lo traicionan.
El TLC, que anticipaba en su propuesta bancarrotas extremas, desata ahora su hecatombe. La prioridad del petróleo y de la industria minera quiebra el fondo del café, los ganaderos y el sector cacaotero se hunden, las carreteras obstruidas en un paro general son el hartazgo de un país de hambre que se asfixia entre la máxima presión del arribismo y que se explica en la continua desbandada del desplazamiento en búsqueda de “mejorías” en las capitales, en el comercio informal, en los suburbios de la delincuencia. El vergonzoso hacinamiento de las cárceles habla por todas las hipótesis. (La modelo se resiste a recibir más presos). El círculo vicioso estalla, porque la historia alcanza el límite de los desbordes en la inoperancia estatal que solo cede entre los paños tibios del subsidio cuando ascienden las protestas y amenazan con el quiebre del orden, porque colapsa entera una demencia que supera a los barrotes y a los muros del castigo revelando la contrariedad de tanta sumisión bajo el azote de una intensa miseria.
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