Por: Paloma Valencia Laserna

Chávez se murió; no se santificó

El dolor de un pueblo al perder su líder merece respeto; pero la muerte no puede ser pretexto para deformar la historia.

Chávez fue un líder de enorme importancia en Latinoamérica; su influencia es innegable, pero no por ello podemos coincidir en que haya sido del todo positivo. Dio una lección a los proyectos políticos de izquierda que han optado por la violencia para ganar el poder político; demostró que las democracias latinoamericanas tienen la capacidad de elegir proyectos extremistas como estos. Sin embargo, tiene la lección chavista muchas amenazas.

Una vez el proyecto político llegó al poder, utilizó todas las herramientas existentes para perpetuarse. La nueva Constitución de Venezuela, la reforma de los distritos electorales, la creación de las milicias bolivarianas —civiles armados con la misión legal de proteger la revolución bolivariana—, son sólo algunos de los mecanismos que utilizó el chavismo para cerrarles el paso a proyectos políticos diferentes.

La democracia, como la sociedad liberal, tiene límites dictados por la necesidad de que se mantenga la libertad. Los mecanismos democráticos no pueden utilizarse para restringir el acceso de otras ideologías. El extremismo es precisamente la falta de tolerancia por ideologías que no son las propias. El extremismo busca cerrarle el paso a todo lo que es distinto, porque tiene la idea de que sólo su postura es cierta, sólo su manera de ver las cosas es justificable, sólo su manera de resolver los asuntos es apropiada.

Consecuente con ello, Chávez tenía esa tendencia de caricaturizar a sus adversarios políticos. Descalificaba con simples adjetivos; dando la impresión de que quien piensa diferente es un inepto intelectual —cuya ideología no aguantaría el debate; o porque pertenece a una “clase” a la que le gusta que haya pobres, que disfruta de la guerra, que se deleita con el sufrimiento humano—. Esa reducción empobrece, ridiculiza y refuerza estereotipos y no es democrática. La democracia es el debate, el arte de presentarle a la opinión pública las opciones con la certeza de que no hay verdades, ni formulas mágicas, sino interpretaciones y políticas. Un buen demócrata entabla discusiones y presenta argumentos; y analiza los de la contraparte haciendo de ellos la mejor lectura posible.

Chávez fue terrible para Colombia. Sus relaciones no fueron fáciles con Pastrana, fueron muy tensas con Uribe; sólo ahora parecía tener una fingida amistad con Santos, cuyos frutos son cuestionables. Algunos colombianos se lo atribuyen a las inigualables acciones de una avezada canciller; sin embargo, la coyuntura política lo explica. Nuestro país denunció ante la comunidad internacional la presencia de los campamentos de los narcoterrorista de las Farc en Venezuela; con la anuencia del gobierno chavista los cabecillas se paseaban en motos Harley-Davidson. Además, las agencias de inteligencia de EE.UU. mostraron que la cocaína ahora circulaba por ese país con la cooperación de altos miembros del gobierno. La oposición ganaba terreno, como lo demostraron las elecciones parlamentarias. Chávez empezaba su descenso; su enfermedad detuvo la crisis.

Nada tiene Colombia que agradecerle a Chávez: forzar a nuestro país a entregarles el poder político a las Farc no es un mérito; eso querían las Farc, por eso han venido luchando.

 

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