Por: Darío Acevedo Carmona

En olor de santidad

No me explico cómo le pudo haber salido tan bien al impostor Maduro y a la inteligencia cubana el manejo de la muerte de Chávez, sobre todo después de tantos errores y misterio.

Ahora entendemos una de las pretensiones que se estaban jugando durante la agonía del caudillo. Crear una atmósfera de inmensa expectativa respecto de la suerte del líder, de tal manera que el anuncio de su muerte por una falla del sistema cubano de salud o una septicemia, nunca fuera la noticia oficial sino su lucha sobrehumana contra la enfermedad.

Durante la agonía hubo tiempo para preparar una sucesión sin sobresaltos, asegurar la lealtad de la fuerza armada, acallar las ansias de poder de otros dirigentes y conjurar la división. Por supuesto, los cubanos necesitaban la continuidad de las ayudas y de las Misiones, por eso dejaron el cadáver embalsamado o el enfermo en estado vegetativo en La Habana, para organizar a Maduro, pulirlo, comprometerlo y alinearlo plenamente e idear la manera de obtener réditos en la presentación del desenlace.

Indiscutible que Chávez fue una figura de la política venezolana e internacional, pero no se debe exagerar su gestión. Su liderazgo se debió ante todo a sus generosas donaciones y favores en dinero a los gobernantes amigos, por sus dimes y diretes salidos de tono, desafiantes y humillantes contra sus rivales, por haber alineado a varios países en contra de un imperialismo yanki ausente que ya no es tal o que ya ni nos mira ni tiene como su patio trasero. Chávez con su verborragia desenfrenada creó un enemigo absoluto, condición necesaria a todo fanatismo. Supuestamente venció a sus rivales: el imperialismo, el neoliberalismo, el capitalismo, el sistema, la rancia oligarquía, la pobreza. La política que le granjeó mayores respaldos, la lucha contra la pobreza, fue popular mas no eficaz porque no liberó de la miseria a millones sino que las abrumó de dádivas, regalos, subsidios, promesas e ilusiones en vez de trabajo productivo. No forjó un sistema económico socialista sino una economía entre estatista y capitalista debilitada y en franca bancarrota como bien ilustra Anastasia O’grady “En los 12 meses previos a la elección presidencial de octubre del año pasado, el gasto fiscal en Venezuela aumentó 40% interanual en términos reales, según Francisco Monaldi, profesor visitante en la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard... El gasto total en 2012 fue equivalente a un asombroso 51% del PIB y generó un déficit fiscal de 17% del PIB, el mayor en la historia del país... De cara a la elección, el mandatario simplemente inundó la economía con clientelismo y otros favores para sus partidarios, como lo había hecho en 2004 y 2006. El Estado venezolano obtuvo más US$60.000 millones en ingresos petroleros en 2011, haciendo del oro negro su principal fuente de financiamiento para las estratagemas clientelistas de Chávez.” (The Wall Street Journal, New York, 5/03/2013)

Chávez no es Perón pero algo de su tufo populista si exhibió, con óptimos resultados. Tenía mucho de Perón y también de Evita, la santa elevada al cielo por los justicialistas argentinos, milagrosa e intocable (Véase la genial versión novelada de su consagración de Tomás Eloy Martínez en Santa Evita). Ha ingresado Chávez al panteón de los mitos, cual Bolívar, aunque no haya liberado ningún país de un dominador extranjero ni haya montado a caballo ni siquiera una veintena de kilómetros en comparación con los miles que anduvo Bolívar. Trató, hasta hacer el ridículo, de parecerse al libertador, adoptando una nueva iconografía del caraqueño.

El culto a la personalidad de Chávez impulsado por el servicio secreto cubano ha sido una obra magistral que emula con el que se le profesaba al “padrecito” Stalin, sentirían envidia Beria y Goebbels, maestros del engaño vía propaganda. Las imágenes de la multitud en las calles de Caracas son espectaculares, estremecedoras. Un halito religioso creado y estimulado por un poderoso aparato publicitario ha tenido eco. De algo ha servido el reparto de millones de dólares de las arcas del petróleo a sus aliados cubanos hoy fuerza ocupante y determinante en Venezuela.

El balance no podía haber sido mejor: un nuevo mártir, héroe de la patria, asesinado por sus enemigos. El culto a la personalidad del neolibertador que ha entrado al terreno acrítico de la leyenda. Un legado que servirá de manto a sus sucesores, previamente ungidos, como en toda dictadura. El socialismo populista, derrochador. Un fenómeno de masas forjado en el verbo desbordado, en el abuso de su carisma en la pose victimista, de la que tanto abusan los revolucionarios: perseguidos siempre por algún monstruo.

Nada que decir sobre el daño que le hizo a la democracia al controlar calculadamente todos los poderes públicos, convertir las elecciones en fabulosas piñatas que temerosos e irresponsables secretarios generales de la OEA fueron incapaces de denunciar. Daño a la Fuerza Armada Nacional al comprometerla con un programa de gobierno, con un partido y con el ideal de una revolución convertida en dogma de toda Venezuela. Daños irreparables a la economía nacional que ha dejado en situación calamitosa, con la deuda externa más abultada de su historia. Daño a las expectativas de los pobres a los que acostumbró a una actitud mendicante ante el todopoderoso líder y el providente estado.

Cabalgando sobre el desastre labró su gloria, su fama y su grandeza. A pesar de que hoy Venezuela no es más democrática ni más próspera ni más segura ni más tolerante ni más liberal ni más garantista con la prensa.

En un acto de extrema arbitrariedad se pretende imponer a toda la población venezolana la figura sacralizada de Chávez. Un abuso contra más del 45% que se opusieron a su reelección el pasado 7 de octubre. Sus émulos rayan en lo grotesco al embalsamar su cuerpo y hacer proselitismo con su cadáver. Y, como dijo Emilio Figueredo “Pretender convertir a Chávez en un ídolo cuasi religioso es una regresión a lo más primitivo de nuestra historia.” (Revista Analítica, Caracas, 6/06/ 2016).

Es probable que Chávez les sirva al fin de perpetuarse en el poder, pero al convertirlo en santo guía vendrán, tarde que temprano las disidencias, las corrientes chavistas verdaderas, las auténticas, las purasangre, las moderadas, las conciliadoras, las centristas, las radicales, las revisionistas. Aunque también puede llegar a ocurrir que se torne en icono inofensivo como el del Ché Guevara. Nunca obtendrá el consenso alcanzado por la figura incuestionable de Bolívar fundador de repúblicas. Maduro, el usurpador, se vestirá con el traje de la unción, pero los semiólogos nos explican que ni el carisma ni las dotes de mando son transferibles. Maduro no pinta nada mejor que su padrino, ha pelado el cobre y los colmillos, ha recurrido al insulto y a la amenaza contra la Oposición, su discurso orbita cansonamente como una letanía alrededor de Chávez impregnado de un hálito belicoso propio de campos de batalla donde no hay rivales sino enemigos. Es factible que le sonría el triunfo, por ahora, porque sus principales contendientes esperan dentro de su propio partido, agazapados. La ambición de poder será el mortífero veneno de todos los que se consideran auténticos herederos del comandante.

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