Por: Reinaldo Spitaletta

Chávez sin Chávez

El tipo era uno de los de abajo, como llamó Azuela a los revolucionarios del México insurgente.

Uno que quiso terminar con el complejo de bastardía del suramericano y fue capaz de decir: “aquí huele a azufre”, para referirse al “diabólico” Bush. Alguien que, con su magnetismo y carisma, les propuso a sus compatriotas ser ciudadanos de un mundo nuevo. O distinto. Y, claro, tal vez por asuntos de historia, o de antropología, fue un caudillo, lo que significa que con él desaparece un estilo, una figura. Una voz. Lo demás es mitología.

El caudillo, casi siempre un seductor con las palabras, deposita en su personalidad la posibilidad de conducir a la masa, de hipnotizarla con el verbo, con ciertas actitudes, con ser capaz en un discurso de introducir alguna canción, un fragmento poético, una anécdota. El caudillo (hay de derechas y de izquierdas) suplanta a la multitud; la guía como una grey; la embelesa. Y ahí, en esa situación, está la causa de la extinción de sus propósitos y consignas después de su muerte.

Porque resulta, además, que la multitud, o en otro sentido, el rebaño, aspira y gusta de que alguien piense por él; es la figura paterna llevada a dimensiones políticas: el protector, el que señala, el que me evita el trabajo de pensar por mí mismo y entonces traslado a sus virtudes (casi nunca el caudillo visto por la muchedumbre es defectuoso) la gracia de mi bienestar. Lo sigo. Y punto. En el caudillismo, y en sus oficiantes, se advierte una ritualidad sacra. Y en los seguidores del caudillo, un enceguecimiento.

El comandante Hugo Chávez Frías ya es parte de la historia de América Latina, con todo lo que ha implicado en nuestro pasado un mundo de colonizaciones y vasallajes. Tantos desafueros de las metrópolis nos hicieron, a veces, mendigos que se asfixian en medio de riquezas que se traga el colonizador; y en otras ocasiones, nos originó el grito, la rebelión, la búsqueda de nuestra identidad. Y en este último aspecto, el recién muerto presidente venezolano, aportó mecanismos para no ser siempre víctimas.

El lío del caudillo es que, al encarnar según él las aspiraciones y deseos de sus súbditos, se torna símbolo y realidad de una gesta que muere con él, que no puede tener sucesores, como pasa, por ejemplo, con ciertos creadores: su escuela estética se agota en ellos mismos. ¿Acaso la Venezuela de hoy será lo mismo sin su líder? ¿Hubo una construcción social, una mentalidad, que no dependiera del gran jefe, sino de la organización popular para permitir por ejemplo que la riqueza sea de todos y no de una élite?

Chávez, llanero y caribe, expresó actitudes propias de alguien que lucha contra la perpetua posición de que el latinoamericano (¿en rigor, existe el latinoamericano?) es un ser “inferiorizado” por los colonizadores, al que se le ha transmitido con insidia que no es capaz de tener voz propia. Y por eso, no estaba dentro de sus cánones, arrodillarse ante reyezuelos españoles o emperadorcitos gringos, por ejemplo. Pudo ser, a su modo, la materialización del gran mulato que proponía Fernando González. Y en sus actitudes se advertía que no deseaba hacer de los venezolanos una población de pajes. ¿Lo lograría?
El cuento es que la muerte del presidente Chávez lo eleva (o desciende) a la categoría de mito; tal vez no demorarán los que quieran desenterrarlo para exhibir su cadáver por los llanos o las costas; quizá le atribuirán milagros y le impetrarán soluciones a las miserias individuales; se dirá por ahí, en alguna velada, que lo vieron deshaciendo sus pasos. Así como habrá quienes digan que oyeron sus lamentos en el infierno, o su voz cantando en coros celestiales.

Era un caudillo poco acartonado (esto también es parte de una escenografía del poder) y que -como sucede también con cualquier caudillo- despertaba odios y amores. Sin puntos tibios. Ah, y creo que tenía una virtud, poco vista hoy en mandatarios: leía. Quizá en este aspecto seguía una máxima de José Martí: para ser libres hay que ser cultos. ¿Triunfará una revolución social de los pobres en Venezuela? ¿O esta se dormirá, como ahora duerme el hombre que puso la semana pasada a llorar a millones venezolanos?

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