Por: Eduardo Barajas Sandoval

¿Hacia dónde saltará el Grillo?

Los italianos han apoyado en proporciones respetables una propuesta política que va contra los partidos y que no tiene programa de gobierno.

El experimento de unas elecciones generales que no pueden producir de inmediato un gobierno con clara mayoría parlamentaria pasaría a la lista de las anécdotas de una nación creativa en todos los campos, si no fuera porque de esa fuerza novedosa, que ha irrumpido en el escenario a nombre de la indignación contra la clase política, depende el rumbo que pueda tomar un nuevo gobierno y, además, el proceso político del país.

Debido justamente a la incursión de ese movimiento, llamado de las Cinco Estrellas, ninguna de las grandes alianzas tradicionales, la centroizquierda del tradicional Pier Luigi Bersani, ni la centroderecha del aspirante a la resurrección Silvio Berlusconi, han obtenido mayoría suficiente para gobernar. Algo que demuestra con la vehemencia propia de los más latinos de todos los latinos, el rechazo a la ineptitud de los políticos tradicionales.

Pero hay dos consideraciones adicionales que hacer sobre el comportamiento político de los italianos en esta oportunidad. En primer lugar han protestado de hecho, y votado en la práctica mayoritariamente, contra el modelo de austeridad que impulsa el conjunto de la Unión Europea. En segundo término, el resultado electoral significa el avance más importante de la versión nacional de los indignados, que hasta ahora se habían limitado a protestar, sin conseguir resultados electorales de los que dan opciones de ejercicio de poder.

En el orden interno, con el ítem de la inconformidad y la votación por fuera de los partidos, se escribe un nuevo capítulo de la vida de un establecimiento político que por lo general es inferior a su propia sociedad, acostumbrada a vivir por su cuenta y a hacer funcionar el país con base en su esfuerzo, en muchos casos a pesar de los gobiernos. Queda por saberse si entre esos inconformes y una u otra de las alianzas tradicionales, serán capaces de armar un gobierno, así sea efímero, porque en todo caso los nuevos actores no tienen experiencia y no se sabe cómo podrán asumir las dificultades propias del arte de gobernar.

Los efectos internacionales, de otra parte, pueden resultar aún más preocupantes, porque son muestra de una arrolladora mayoría en contra de las ejecutorias de un gobierno, el del tecnócrata Mario Monti, que consideran fue impuesto por el resto de los europeos para que hablara su idioma y se prestara a la aplicación a rajatabla de unas políticas de austeridad que resultan buenas para las cuentas de los banqueros, pero malas para las cuentas de los ciudadanos.
La arremetida popular contra los políticos italianos se extiende así a los orientadores de la economía europea y en ese empeño no sería raro que se fueran sumando cada vez más inconformes en el espacio de la Unión, molestos ante la aplicación de una medicina que perciben tan dañina como la enfermedad que pretende curar. En este sentido las huestes griegas, más las italianas, más las francesas, más las españolas y las que se anuncian en Portugal, van formando una especie de internacional aparentemente dispuesta a avanzar unida en la misma dirección. Circunstancia que debe comenzar a preocupar a los ortodoxos que creen que la única fórmula para salir de la crisis es la de la austeridad.

Pero faltaba lo mejor en este proceso que se opone al modelo económico y se va llevando de paso a la clase política, al cuestionar la profesión misma de hacer política y la de gobernar: la persona que encarna la victoriosa protesta italiana es Beppe Grillo, un campeón del inconformismo y un opositor de las ridiculeces de la vida pública, desde el puesto privilegiado de los bufones, que son los más autorizados para criticar a políticos y gobernantes, porque tienen una especie de inmunidad, salida del apoyo espontáneo que la sociedad suele dar a quienes critiquen a los regímenes de todas las tendencias y en todas partes, con la sola excepción de los dirigidos por autócratas rodeados de fanáticos, donde se tienen que hacer los mudos para siempre.

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