Por: Aura Lucía Mera

Esta es mi historia. No la olviden

Así termina su relato Max Kirshberg, sobreviviente del Holocausto, en un testimonio desgarrador de los 21 que componen el libro Sobrevivientes del Holocausto que rehicieron su vida en Colombia, recientemente publicado por editorial Grijalbo, y recopilados por Hilda Demmer, directora de la oficina de Relaciones Humanas de la comunidad Judía en Bogotá, y Estela Goldstein, psicóloga, hija de sobrevivientes de la Shoa, que en hebreo significa devastación , y es el término usado por los judíos para referirse al holocausto nazi.

Este libro, confieso, me ha arrancado lágrimas. Lo único que sabía de la Comunidad Judía en Colombia era, hasta la fecha, que habían llegado a Colombia, como llegaron las comunidades libanesas, italianas, todos aquellos que emigraron a América para afincarse, como los españoles desde la colonia. En fin, lo que quiero decir es que no sabía que muchas de estas familias habían sobrevivido al exterminio, habían logrado sobrevivir, después de experimentar en carne propia todos los horrores, los sufrimientos físicos, emocionales, mentales, de los campos de muerte regados por Europa, durante la siniestra era de Hitler.

Sus recuerdos solo los conocemos ahora, gracias a este libro. Durante medio siglo estas familias habían guardado su dolor, tal vez en un acto de intimidad respetuosa, o tal vez para no revivir esos tiempos en que fueron víctimas inocentes de la demencia humana, de ese monstruo que habita en cada ser humano, ese monstruo que se desbocó, comandado por un régimen que ningún adjetivo puede describir.

Personalmente, conocí dos campos de exterminio en Holanda. Todavía la mesa de granito en la que ponían los cuerpos guardaba manchas y olor a sangre. Visité la habitación oscura donde encerraron a casi 30 mujeres durante cuatro días para luego abrir esa puerta y recoger despojos que hablaban de espanto, locura y desesperación. Puse una piedra en el monumento que tenía grabados todos los nombres de los niños y niñas asesinados. También recuerdo haber visto ositos de peluche y muñecas. El ambiente era pesado. Los árboles tenían un verde triste, porque fueron testigos impotentes de semejante horror. Caminé por el sendero hasta la barranca donde eran asesinados sin compasión. Miré las carretas donde amontonaban los cadáveres, me detuve ante incineradores negros.

Cuántas historias de sueños mutilados, esperanzas rotas, vidas truncadas. Como decía Grossman en su conversatorio del Hay Festival en Cartagena: No mataron seis millones como se desaparecen seis millones de árboles. Desaparecieron seis millones de individuos, únicos, irrepetibles. No fueron exterminados en bulto, sino uno a uno, porque cada vida es única...

Algo muy emocionante es el mensaje de estos hombres y mujeres que nos comparten sus experiencias. “Los sobrevivientes no quieren ser considerados víctimas. Prefieren que sus historias sirvan como ejemplo de fortaleza, esperanza y optimismo. Confían en que la humanidad aprenda de ellos una lección de vida, abanderada por la tolerancia y el respeto por el otro, a pesar de las diferencias”.

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