Por: Juan Manuel Ospina

Populismo a la carta

¿Con la muerte de Chávez asistimos al nacimiento o al fin de un mito?

Los mitos amalgaman realidad y fantasía y se construyen en tiempos de crisis y de malestar generalizado, cuando la gente del común necesita alzar la vista de un presente insoportable para “volver a creer”, al sentirse llevada por una fuerza mítica que les ofrece reconocimiento, dignidad y posibilidades de alcanzar un futuro que los incluya.

El binomio pueblo – fuerzas armadas, el sueño de una tercera fuerza política, brilla fuerte en Venezuela, repitiendo guiones conocidos en América Latina de caudillismo, una herencia romana e ibérica. En el siglo pasado fue la base del Peronismo inicial, de Getulio Vargas en Brasil, de Velasco Alvarado en el Perú, de Juan José Torres en Bolivia, de Rojas Pinilla entre nosotros. Sobre ese binomio de poder se yergue el populismo, igualmente latino, que en ésta América ha sido respuesta o reacción política recurrente a situaciones de crisis nacidas del desgaste de la democracia liberal, al vaciarse de pueblo y de legitimidad quedando solo con el cascarón de la formalidad legal.

De la mano del caudillo populista el pueblo transformado en masa, ingresa al escenario del poder. El caudillo promete aquello que el pueblo no ha alcanzado en tanto que gobernante cercano y sintonizado con “su pueblo”, percibido como un ser sin compromisos con intereses oscuros, libre y “limpio”, transformado en vocero de sus sueños y vengador de sus desdichas. Masa ignorada y despreciada a la cual el líder carismático parece reivindicarle su derecho a existir como ciudadanos y su dignidad como personas; padre amoroso y severo, que sacrifica la vida por “sus hijos”. El caudillo habla siempre de patria entendiéndola como una familia grande con un padre común.

En la semana del duelo chavista por la muerte del padre, afloró con fuerza la emotividad que moviliza el populismo. Se apreció en la TV un cuadro impactante que contrasta con la frialdad, la distancia e incluso la desconfianza frecuente en las democracias formales, cuando el pueblo es relegado a la trasescena, despojado de protagonismo en el reparto social y del poder. En las calles caraqueñas se evidenció dolor de abandono, temor a la orfandad. La gente le agradece la casa recibida pero sobretodo, el reconocimiento que les hizo como personas un Chávez percibido como un padre-presidente más que como comandante-presidente. El aparato chavista multiplica y alimenta ese sentimiento: el padre no nos abandona, nos ha dejado a su hijo, Nicolás Maduro. En la estrategia del poder populista, votar por Maduro es complementado con la decisión política de embalsamar el cuerpo del líder. Chávez es inmortal.

Y a nivel internacional se proyectó igualmente la imagen de un Chávez padre que protege a sus hijos y hermanos de la amenaza del vecino matón: el Imperio. Revive el bello mito de la Patria Grande, de la familia grande de Simón Bolívar. Con Unasur y el Alba pretendió en los albores del siglo XXI, revivir el fallido sueño bolivariano del Congreso Anfictiónico que convocara en Panamá en 1826 con la ilusión de conformar una unión o confederación de las naciones suramericanas con miras a ser reconocidas y a tener presencia en el mundo.

Un populismo que mimó a las fuerzas armadas hasta el límite de la irresponsabilidad y que giró libremente contra una renta petrolera hasta entonces manejada por la dirigencia tradicional y que con Chávez se irriga hacia los pobres a través de las famosas misiones para el desarrollo social. Creó con los petrodólares y controló desde la Presidencia fondos que no permitieron fortalecer y diversificar la base productiva nacional, para sembrar el petróleo como le propuso Uslar Pietri hace medio siglo. La herencia económica del mito – caída en la producción petrolera, endeudamiento e inflación creciente, desabastecimiento y desindustrialización, crecimiento descontrolado de la burocracia – es pesada y amenazante y comprometerá el futuro próximo del país y del chavismo, al cual le llegó la hora de responder por un derroche populista que por bien intencionado que fuera, deja unas cuentas de cobro que no dan espera. No hay almuerzo gratis, dice el pragmatismo anglosajón.

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