Por: José Fernando Isaza

Reflexiones sobre el paro cafetero

Era previsible que el paro no se limitaría a marchar al borde de las carreteras, a no recoger o vender la cosecha. La táctica de los camioneros mostraba que el bloqueo de las vías era la mejor forma de lograr los objetivos.

Las declaraciones del Gobierno en el sentido de no negociar si no se levantaban los bloqueos no eran creíbles; éstos se acentuaban y los gobiernos cedían. Es mejor, para no perder la credibilidad, no anunciar como política lo que no se va a cumplir. Una de las motivaciones del paro era el rechazo a la Federación de Cafeteros. No fue afortunado negociar inicialmente sólo con esta institución. No pertenecer a la institucionalidad cafetera, la Federación, no es hacer parte de la ilegalidad. En este aspecto, la narrativa oficial fue desafortunada.

Los cafeteros recordaban que cuando el precio externo subía, el presupuesto nacional se apropiaba, mediante un complejo sistema impositivo y cambiario, de buena parte de los excedentes. El gobierno de Alfonso López modificó esta política al declarar que la bonanza cafetera es de los cafeteros. Igualmente rememoraban cómo en otras regiones la inversión pública se realizaba con presupuesto nacional, pero en las cafeteras se ejecutaba con los impuestos de los productores del grano. Diferente era la situación de otros sectores agrícolas. En épocas de mayor intervención, si el precio externo del azúcar subía, se incrementaba el interno para evitar exportaciones “fraudulentas”; si bajaba el precio internacional, subía el interno para compensar la disminución del ingreso a los ingenios azucareros. Los productores de palma vendían la cosecha en el mercado interno al precio que les pareciera adecuado. Los aceiteros tenían la obligación de comprarla. Hoy, con los biocombustibles, también de obligada absorción, reciben un generoso subsidio estatal.

Con la libra de café a US$1,50 la producción interna no es rentable. Las variedades especiales se comercializan a 10 y más veces el precio anterior. Poco hizo la Federación para aumentar significativamente esta producción. Tampoco estimuló el consumo interno, sólo le ofrecían la pasilla de la peor calidad, y de costo cero, pues provenía de un impuesto al productor. Se toma poco café y generalmente malo. Si en el país se consumiera la misma cantidad de café por habitante como en los países nórdicos, la cosecha cafetera sería insuficiente para abastecer el consumo interno. Brasil destina un alto porcentaje de su cosecha al mercado local atenuando los efectos para el productor de los descensos en las cotizaciones internacionales. Nos creímos el cuento de producir “el mejor café suave del mundo”; el mercado sólo reconoce un sobreprecio marginal a esta variedad. También nos enseñaron que las ferias de Manizales y su catedral sólo eran superadas por las de Sevilla y por la de Colonia. Mientras la política se guiaba por esas “verdades”, pasamos de ser el segundo productor mundial de café al cuarto.

En la pasada movilización coincidieron políticos como Robledo y Uribe, pero hay diferencia. Robledo ha sido consistente con su critica a las políticas cafeteras, en particular a las diseñadas por Fedecafé; Uribe tildaba de subversivas las movilizaciones, con la excepción de la promovida por las Auc, para oponerse a un despeje. Pero como dice el presidente Santos: sólo los imbéciles no cambian de opinión.

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