Por: Juan Carlos Botero

42.500

Cuando la gente piensa en los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial, suele evocar un puñado de nombres que representan el Holocausto: Auschwitz, Buchenwald, Treblinka y Dachau.

Por esa razón, precisamente por tratarse de un número más bien pequeño de nombres infames, los crímenes que ocurrieron en esos sitios se han interpretado como extremos y aislados, hechos atroces pero excepcionales que, para fortuna del resto de la sociedad, no la involucran. Esa concepción, que brinda cierto alivio y consuelo, es la que el mundo prefiere creer: que los horrores cometidos en esos pozos del averno no fueron más que un carnaval del terror liderado por un solo loco, Hitler, diseñado por unos pocos dementes (Goebbels, Himmler, Göring, Eichmann, etc.), y ejecutado por unos cuantos asesinos y psicópatas, como lo jefes de los campos.

Ese mito ha sido pulverizado. Y el resultado es un nuevo espejo en el que la sociedad se debe mirar para aceptar su cuota de responsabilidad colectiva. Los investigadores Geoffrey Megargee y Martin Dean, del Museo del Holocausto de EE.UU., han descubierto que el número de centros y guetos de los alemanes, incluyendo campos de tortura, de concentración, de prisioneros de guerra y de exterminio fueron más de 42.500, repartidos por toda Europa.

Esto quiere decir que la barbarie no era aislada. Y que se necesitó de grandes franjas de la población, mediante su ayuda, complicidad, acción o silencio, para que estos campos del horror existieran. Durante el nazismo, entre 1933 y 1945, se tejió un tenebrosa red de miles de estos centros, que incluían fábricas de trabajo forzado, recintos para practicar abortos a la fuerza, y más de 500 burdeles de esclavas sexuales para uso de los militares alemanes. Además de los seis millones de judíos muertos en los campos, los analistas estiman que por esos centros de reclusión y exterminio desfilaron entre 15 y 20 millones de judíos, gitanos, homosexuales, rusos y polacos. En fin, lo que se creía de semejante horror es muchísimo más grave y aterrador. Es una realidad abrumadora.

¿Qué significa esta revelación? Que semejante calamidad no ocurre en el vacío ni puede suceder a espaldas de todo un pueblo. La desatan personas espoleadas por la rabia, la demencia, la religión, la política, la convicción, la venganza o el fanatismo, sí, pero también se necesitan vastos sectores de la comunidad que la toleran o facilitan. Como pasa en Colombia. Nos gustaría creer que nuestra violencia colosal, que algunos piensan que es común a todos los pueblos (no lo es: muy pocos países en el mundo sufren niveles comparables de homicidios, secuestros, suicidios, violaciones y casos de maltrato femenino e infantil), es obra de unos pocos cometiendo horrores sin el conocimiento del resto de la sociedad. No es cierto.

Así como no es válido que el pueblo alemán diga: “No sabíamos, y por eso no somos responsables de estas atrocidades”, tampoco es válido que lo digamos en Colombia. Nuestro baño de sangre de décadas nos salpica a todos, porque cada uno podría hacer más, añadir su propia cuota de acción, denuncia o intransigencia para que no persista. Si la tragedia requiere de todos, en diversos grados, para que ocurra, entonces la culpa final también es compartida. Esa es la lección de este tenebroso hallazgo.

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