Por: Mario Fernando Prado

Pacho el gaucho

En un afán desesperado y desde luego entendible, la Iglesia católica se la jugó con la elección del nuevo sumo pontífice: jesuita, 76 años, aficionado al fútbol, latinoamericano y además argentino.

Esta apuesta prevé una necesaria apertura en la Santa Sede, que no podía seguir con las tendencias ultraconservadoras que la han ido sacando del mercado religioso (aunque dicen que es de la misma línea de su antecesor).

Y es que la desbandada espiritual de los otrora católicos le ha abierto un enorme hueco a la llamada Iglesia de Cristo y ha afectado seriamente sus vocaciones. Cada vez son menos quienes profesan y practican la religión de sus mayores y cada vez son menos los que optan por el seminario.

Por otra parte, el hecho de que la Compañía (¡!) de Jesús llegue al Vaticano va a significar una depuración —ojalá— y un incremento de sus finanzas —pueda ser—, porque sus arcas están vaciándose debido a los malos manejos y negocios de una de las empresas otrora más solventes del planeta Tierra.

Con un nombre que aparenta cercanía —Francisco—, que fácilmente puede descomponerse primorosamente en Kiko, Pacho o Pachito, y con un apellido que podría levantar perversas suspicacias, el nuevo sumo pontífice hijo de la tierra del tango y el lunfardo está llamado a reagrupar un rebaño que anda por otros lares a pesar de que América es el continente con más católicos en el mundo.

Lo que sí nos va a resultar insoportable son las ínfulas de los argentinos a quienes no les cabe un tinto en estos momentos y tendrán en papacho otro motivo de adoración, cual Evita Perón y el mismo Maradona, y ya veremos a la presidenta dándose un baño de popularidad que no lo tenía previsto en su ya desprestigiada carrera política.

¡Quién lo creyera! Un papa latinoamericano: una jugada maestra del cónclave que está reconociendo que los de por aquí existimos y estamos llamados a rehacer lo que muchos cardenales europeos dejaron corromper.

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