Por: Ramiro Bejarano Guzmán

¿Qué festejan?

Pasamos de la eterna agonía y extenuante funeral de Chávez, a la frivolidad de la elección del papa y su presentación en sociedad para mostrarlo como un hombre humilde, austero y un gran latinoamericano.

No es raro, las grandes mentiras se mueven a través de los medios. Para no ir muy lejos, Razintger, el papa nazi que no convenció a nadie, al final lavó sus numerosas faltas y se volvió respetable el día en el que decidió renunciar a tan inmejorable empleo.

Coincido con quienes han expresado en las redes sociales que la nacionalidad del papa es lo de menos. Cualquiera que nombren pontífice —sea italiano, alemán o polaco— hará siempre lo mismo, es decir, concentrar sus esfuerzos en reproducir el catecismo homofóbico, excluyente y excesivamente machista. Tan baladí es el asunto, que inclusive habrían podido nombrar a uno de esos cardenales colombianos que se volvieron influyentes al lado del ultragodo Juan Pablo II y que terminaron envueltos en chismes y consejas de pasillo que trascendieron al planeta entero.

Resulta risible que ahora las grandes crónicas sobre Francisco parezcan historias de reinas de belleza. Que no es pederasta porque tuvo novia en su infancia, que aún hoy lo recuerda por la casita blanca que le prometió si se casaban. Que el primer día de su pontificado se transportó en un bus y no en el lujoso carro en el que su antecesor se fue de Roma. Que es un hombre tan delicado que paga sus cuentas de hotel, como si el jefe de los católicos tuviera licencia para comportarse como un pontífice conejero. Que él si no usa cruz de oro. Que es hincha de San Lorenzo, etc.

Pero sobre su papel lánguido en la dictadura militar argentina todos prefieren escudarse en la resbalosa defensa del Nobel de Paz Adolfo Pérez Esquivel, según la cual Bergoglio no tuvo vínculos con la dictadura, pero tampoco la condenó. Lo que ahora recuerdan quienes no andan aplaudiendo al santo padre argentino es que en los tiempos de su obispado bonaerense retiró la protección a dos sacerdotes de su congregación que realizaban labores sociales en barrios marginados, y pagaron prisión injusta durante cinco años. En otras palabras, el prelado que hoy nos pintan como San Francisco de Asís no hizo nada cuando podía haberlo hecho y sus compatriotas lo necesitaban, actitud que de algún modo significó tomar partido por la banda de criminales que gobernó su país.

A la hora de la verdad pesan más las faltas del adulto Francisco, que las equivocaciones en su adolescencia de Benedicto XVI, pero son iguales. Por eso Francisco reproduce el discurso cavernario de Benedicto XVI, y ambos honran la memoria del papa polaco. No al aborto, porque insisten en la tozuda postura de que las mujeres son máquinas al servicio de un Dios que no se compadece con sus cuerpos ni sus vidas. No a la pastilla del día después. No al reconocimiento de las parejas homosexuales, así en los seminarios y en las iglesias pululen pedófilos que abusan de sus feligreses. No al tratamiento igualitario para las mujeres que abracen oficios religiosos. En fin, no a todo lo que signifique pluralidad, diversidad, tolerancia.

La blandicia universal también hizo metástasis en Colombia. No lo digo porque Santos haya felicitado a Francisco, sino por haber designado como su vocero en la ceremonia de su asunción como papa al también ultracatólico Alejandro Ordóñez, el encargado de vigilar disciplinariamente al Gobierno. Puede que la ley divina permita estas indelicadezas, pero la ley civil prohíbe que quien sea procurador reciba distinciones del Gobierno que vigila.

Que el nuevo papa crea que si la iglesia no proclama a Jesús “corre el riesgo de convertirse en una ONG piadosa” avizora lo que será su reinado. Ojalá esa decadente y ampulosa Iglesia católica algún día se convierta al menos en una ONG.

Adenda. La contratadora Sandra Morelli y sus lobistas de cabecera andan entregados a la perversa orgía de almuerzos organizados para perseguir y silenciar a quienes no nos arrodillamos ante su arbitrario poder.

 

 

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