Opinión |17 Mar 2013 - 3:41 pm

Fernando Araújo Vélez

Ángeles de muerte

Por: Fernando Araújo Vélez

Quiso ser torero y soñó medio en serio que quería morir en una plaza, como Manolete o como Paquirri, morir como mártir, e incluso se matriculó en una escuela de maletillas y pidió que lo llamaran Ángel, por Ángel Teruel, pero cuando se enfrentó a su primer toro, que era un novillo, se paralizó ante la realidad y la posible muerte y juró que nunca más saldría a un ruedo.

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Quiso ser cantante y llamarse Miguel Ángel. Se compró una guitarra de dos pesos, un vestido blanco, un cancionero y decenas de discos de segunda, pero cuando se enfrentó a su primer público, un público de 12 vecinos, comprendió que nadie gritaba como él soñó, que no había ni histerias ni ovaciones, que el mundo no iba a cambiar por una canción, y que una canción no era la vida.

Quiso ser boxeador y exigió que lo llamaran Kid, como Benny Kid Paret, aquel negro que murió ante una andanada de golpes de Emile Griffith en una pelea por el título del mundo, por allá en los lejanos días de 1962. Aprendió a tirar jabs y ganchos, uppercuts y rectos, aprendió a bailar como una mariposa, al estilo Alí, pero jamás pudo picar como una abeja, y menos defenderse de la ira de sus rivales. Tal vez fue que él nunca pudo dominar sus propias iras, y la ira lo llevaba a perder la razón, esa nota de frialdad que un boxeador necesita para tumbar a su rival.

Quiso ser escultor y ya tenía su propio nombre, Ángelo. Alquiló una casa inmensa en las afueras de Pereira e instaló allí su estudio. Embadurnó de arcilla el piso, los muebles, su ropa, su rostro. Inventó formas, construyó ideales. Buscó, tropezó, perdió, lloró y gritó. Tembló. Llevaba consigo una deuda infinita y sólo la había podido pagar con intentos y derrotas.

Un día, la única hija de una antigua compañera de estudios lo buscó para pedirle que le hiciera una escultura. Él le respondió que sí, que por supuesto. Ella abrió su cartera y sacó una caja de madera. Se la entregó, temblorosa. Le explicó que eran las cenizas de su madre, que por favor moldeara un ángel con las cenizas de su madre. Ese fue el primero de los cientos de ángeles de muerte que Ángelo esculpió.

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