Por: Andrés Hoyos

Bostezos

La Iglesia Católica, que lleva veinte siglos de existencia, vive en el XXI una crisis de gran calado que quizás pueda explicarse usando la máxima que Jardiel Poncela dedicaba al amor: “Lo de menos son los insultos. Lo grave es cuando empiezan los bostezos”.

El primer acto de genialidad de los cristianos consistió en convertir a los emperadores romanos, que rápidamente hicieron del cristianismo su religión oficial. De hecho, el único legado institucional que nos queda del Imperio romano es la Iglesia católica. Por lo mismo, el golpe más fuerte que ha sufrido ésta no ha sido ni la Reforma protestante ni el comunismo –en últimas religiones competidoras–, sino su separación del Estado. Esa separación es la que explica el odio que la jerarquía católica le tenía al liberalismo, pues el Estado laico sí amenaza la existencia de la Iglesia o, lo que es lo mismo, tiene el poder de volverla irrelevante. Entendamos, por supuesto, que en estas materias la evolución se mide en siglos.

La humildad cristiana no es humilde, es arrogante. Dice: niego mi naturaleza, ¿y qué? La fe tampoco, pues devalúa la espiritualidad de quien no la tiene. La mayor fuerza en el desarrollo del catolicismo ha sido la fe de sus patriarcas, es decir, el cuerpo de doctrinas en el que estos hombres –y han sido casi todos hombres– han creído sin otra razón que obedecer los dictados que salen del fondo de sus corazones. Hubo explicaciones, sí, pero ésas vinieron luego. La fe cambió a medida que cambiaban los patriarcas según un curso que nadie planificó. Y así, al final de este camino irracional el catolicismo se halló parqueado en un lugar muy incómodo para enfrentar la modernidad. Aclaremos que las grandes religiones son por definición machistas, porque responden a una pulsión muy antigua, perteneciente a los tiempos en que las sociedades humanas estaban dominadas por los machos alfa. No está en la naturaleza de estas religiones liberalizarse o morigerarse. Antes al contrario, derivan su fuerza de imponer sobre sus fieles contrariedades de todo tipo. Dicho esto, el catolicismo cometió un error estratégico al imponer el celibato a sus pastores. Tal error no lo era tanto cuando la opacidad informativa y la alianza con el Estado le permitían a la Iglesia encubrirlo todo, pero en los tiempos que corren las cosas se saben y es inútil pretender ignorarlas. Detrás del celibato se han escondido desde siempre muchos homosexuales, así como no pocos pederastas, lo que hace inevitable el escándalo.

Otro subproducto del celibato es que los jerarcas católicos conocen muy poco a las mujeres, todo un género con cuya sumisión contaron durante siglos sin otorgarle la menor importancia. De ahí que uno sonría al oír a mujeres incluso muy liberadas que piden poder para sus congéneres en la Iglesia, cuando la verdadera evolución sería que las mujeres dejaran de pertenecer a una institución que es machista por definición.

Volviendo a la encrucijada de hoy: ¿quiénes bostezan? Bostezan los jóvenes, que no quieren ordenarse sacerdotes, bostezan las mujeres católicas, que no obedecen cuando les ordenan esto o lo otro, y bostezan los políticos y los poderosos, que oyen lo que les dicen los obispos o el papa y van y hacen exactamente lo contrario.

No creo que, pese a su fuerte carácter jesuita, el papa Francisco vaya a hacer que desaparezcan estos bostezos. Me atrevería incluso a decir que a estas alturas la identidad del papa es lo de menos.

 

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