Por: Esteban Carlos Mejía

La subversión uribista y la izquierda en riesgos

Uribe no hace oposición sino subversión. Revuelve lo que ya está revuelto. Trastoca la Constitución del 91. Busca destruir el establishment, especialmente en lo moral. Desconoce los fallos de la justicia.

 Le sugiere a sus secuaces que se encambuchen como mafiosos o que huyan como ratas. Defiende delitos indefendibles: las chuzadas del DAS, los falsos positivos, Agro Ingreso Seguro. Azuza a los militares más retardatarios para que se pronuncien por la guerra y en contra de soluciones negociadas. Pretende vendernos como frescos los tres huevitos podridos de su hecatombe: la seguridad antidemocrática, la desconfianza inversionista y la cohesión antisocial. Es tan subversivo como las Farc. Tira la piedra y esconde la mano. Se hace el santurrón cuando sabemos que es peor que el Diablo, un anticristo de carriel y poncho, el más falaz de los falaces.

Como no cuajó la candidatura de su clon, el malintencionado Uribito, tuvo que confiar en Santos, el menos confiable de sus epígonos, en donde epígono es, según la RAE, “persona que sigue las huellas de otra”. Y esa desconfianza degeneró en inquina, en estridencias a lo Chávez, en desafíos a lo Iván Márquez. Uribe es un guache: no entiende ninguneos ni sutilezas. Si Santos fuera varón debería darle en la jeta, romperle la cara, marica. A rufián de esquina, rufián y medio. De lo contrario, el capataz lo va a arrinconar. Porque a este país le encantan los matones.

Las mayores amenazas para Colombia son Uribe y el “todo vale”. Todo vale: el Consenso de Washington, el neoliberalismo, los TLC en contravía de la producción y el trabajo, el menosprecio por la soberanía, el transfuguismo del Estado social de derecho al Estado de opinión, el autoritarismo, la militarización de la vida cotidiana, el rezanderismo, la extrema derecha.

¿Y la oposición de izquierda? El Polo sabe qué quiere pero no con quién ni cómo. A despecho de las acusaciones de sus contradictores, no es subversivo. ¡Lejos! Su “Ideario de Unidad”, si mucho, es un reclamo nacionalista, moderado, casi burgués. Y, aun así, algunos de sus líderes no lo han aplicado. Ahora, a un año de las elecciones parlamentarias, el Polo está en aprietos. El umbral pende sobre sus curules como una espada de Damocles, para usar trilladísima metáfora. Sus principales dirigentes, Clara López Obregón y Jorge Enrique Robledo, hablan de “convergencia nacional”. Pero, ¿con quiénes? ¿Con el deslactosado Lucho Garzón? ¿Con Fajardo? (Fajardo no es uribista ni antiuribista, no es santista ni antisantista, es ¡fajardista!) ¿Con Mockus, el otro deslactosado? ¿Petro y sus progresistas? ¿La Marcha Patriótica? ¿El Partido Comunista? ¿Camilo Romero, polista vergonzante? Jodida la vaina. La convergencia, por el momento, parece una rogativa: “Vuelvan al redil, muchachos, y con sus votos superemos el umbral, no sea que nos saquen del Congreso y nos toque callejear, hombro a hombro, con los pobres”. ¡Ay, confusión! ¡Ay, tinieblas!

Rabito de paja: “Es nuestra organización democrática la que está haciendo crisis, porque el proceso de su perfeccionamiento se ha detenido, en vez de acelerarse”. Alberto Lleras Camargo, octubre de 1943. ¡1943!

Rabillo: y el pobre cardenal Rubén Salazar, ¿de qué quedaría en el cónclave?

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