Opinión |23 Mar 2013 - 11:00 pm

Fernando Araújo Vélez

La asociación de la mano limpia

Por: Fernando Araújo Vélez

Peleaba en los húmedos y agrietados sótanos de las casas de Getsemaní a mano limpia, como se decía, y por unos pesos.

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Sus peleas eran publicitadas de voz en voz, por lo bajo, con millonarias apuestas de por medio y la eterna promesa de que habría sangre, mucha sangre. Él decía que se llamaba Jayson, aunque jamás pudo presentar un documento que lo comprobara, y afirmaba que había estudiado hasta quinto año de bachillerato, aunque tampoco tenía una libreta de notas o un sello oficial que lo corroborara. Llegó de Mahates, por allá cerca de los Montes de María, un día cualquiera ocho años atrás, y llegó solo, pues, como repetía, a su familia la habían masacrado en su presencia. Cuando le insistían, contaba que se había salvado porque uno de los comandantes se había enamorado de él, y se agarraba a trompadas con quien se atreviera a sugerir algo más.

Fue profesional, con leyes y escalafones, por unos cuantos meses. “Me pagaban, me pagaban bien, pa’ dos borracheras completas, con mujeres y droga”, aclaraba, pero nunca confesó que le dejaron ganar sus dos primeros combates para que hiciera nombre, y luego lo obligaron a perder y a perder y a perder para fortalecer la hoja de vida de otros pegadores. Terminó siendo uno de los tantos boxeadores con decenas de nombres que sólo suben a un ring para que otros se luzcan. Por eso se retiró de “la oficialidá”, como solía decir, y volvió a las peleas de Getsemaní.

Allá era él, y sólo él. Él y sus puños, y su cintura, sus piernas, su resistencia. Él y sus trampas también, porque en “la oficialidá” le habían enseñado a envenenar sus puños para que se volvieran de piedra. Ungüentos, polvo, ladrillo molido, más ungüento, más ladrillo y más piedra. Jayson mataba y mató, aunque nunca se lo dijeron. La asociación de la mano limpia temía que él, u otros, fueran a la policía y revelaran lo que ocurría en los bajos del barrio de Getsemaní. Cuando uno de sus pegadores moría, arrojaban el cadáver al Canal del Dique y decían, si alguien preguntaba, que había sido un accidente. Al fin y al cabo, de accidentes, desapariciones y muerte ellos sabían bastante, pues habían aprendido y se habían especializado en los Montes de María y los pueblos vecinos.

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leftright

Dom, 03/24/2013 - 10:55
Bueno lo que sugiere el minicalumnista en su bodrio,es que un lider negativo de una banda criminal era homosexual,entonces queda descartado los AUC, en cambio ya es común ver las fiestas de travestis de el bandido empijamado RAULROLEX o de la captura de otro en un motel con su novio en Santader de un cabecilla hoy arrepentido y conalias de procer que patento en una notaria.no me digan que MARTIN CABALLERO resulto marica, con razón el alias
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anton chigurn

Dom, 03/24/2013 - 10:54
Apreciado FAV: La dureza y la verosimilitud de este relato no se pueden refutar. Gracias por esos trozos de verdad en medio del ring de mentiras que nos han montado. Cuántas historias de cuántos Jayson pasan desapercibidas porque, salvo las tuyas, nadie las recupera para la posteridad o mueren sepultadas en las infames fosas comunes de la anonimia o en los insufribles y fríos sótanos de la historia oficial-clandestina. En los que nadie sospecha el caldo de cultivo de violencia que allí se ha fomentado. Y de los que si alguien sabe, no tiene el valor para revelarlo. Por eso decía Martí que quien calla lo que sabe o no dice lo que sabe, no es un hombre honrado. Y entre muchas más, la historia de Jayson destila esa honradez tan necesaria para que la paz deje de ser un espejismo y se concrete.

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