Opinión |23 Mar 2013 - 11:00 pm
Lo divino y lo humano
De La Habana viene un barco
Por: Lisandro Duque Naranjo
No parece muy difícil para los negociadores del Gobierno con las Farc, en La Habana, atender al mismo tiempo a dos interlocutores opuestos entre sí: los que se sientan en la mesa frente a ellos, y los que, vociferando desde Colombia, le dicen no a cualquier propuesta.
Lo de las zonas de reserva campesinas, por ejemplo, no obstante tratarse de una figura nada bolchevique, es decir, avalada por la Constitución —Ley 160 de 1994—, tan pronto se empezó a discutir allá, suscitó por estos lados una algarabía, con enorme acústica en los grandes medios, de quienes llevan varios años, causando por omisión, o deliberadamente, el exterminio de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, una reserva similar, en tierras baldías, surgida hace rato al amparo de esa norma. Los crímenes ocurridos allí —por los que hasta el momento ha sido condenado un general, Rito Alejo del Río, y en los que estuvo incurso uno de los tres caínes de un melodrama televisivo—, cobraron, además de la vida de personas adultas, la de varios niños.
El tema, entonces, de las zonas de reserva, al proponerse en la mesa habanera, se aplaza por parte del Gobierno, con el pretexto de que “divide al país”, aunque el doctor De la Calle deja constancia de que “las mismas son un vehículo integrador de la patria”. Y se pasa al punto siguiente, dejando el anterior zapoteado y sin mayores esperanzas de resolverse. Mucho menos si se tiene en cuenta que el asunto viene discutiéndose desde hace años, lo que por supuesto es un tiempo mayor al muy agónico que el Gobierno le ha puesto a su contraparte en Cuba.
Hará un mes que le escuché al dirigente gremial antioqueño, Sebastián Betancur, decir: “No habrá reelección de Santos si todo sale mal en La Habana, es decir, si el Gobierno se levanta primero de la mesa. Pero la reelección le será innecesaria si todo culmina bien allí. Es decir, si se llega a un acuerdo”. Esta segunda opción, posiblemente, es una hipótesis en el sentido de que a Santos lo esperarían grandes destinos internacionales, por lograr el prodigio de demostrarle al mundo que el conflicto colombiano no era insoluble. Y equivale a pensar que para un mandatario lo ideal no es gobernar al país cuya paz ha conquistado mediante la negociación, en lugar de con la victoria. Una opinión interesante.
Yo, sin embargo, no le veo a Juan Manuel Santos madera para zanjar esos diálogos por las buenas. En su estructura mental parece no tener cabida la posguerra. Y menos con ese empeño suyo de no asustar a las tías uribistas. Él vio muy mamey el asunto, pues arrancó las conversaciones bajo el equívoco de que su contrario estaba con urgencia de rendirse, lo que supuestamente haría en agradecimiento por unas curules. Pero no pintan así las cosas, y no porque esa organización esté atrincherada en posiciones maximalistas. Aun así, cuanta propuesta plantea —y no obstante no parecerle extrema a enormes sectores de opinión ni a los propios negociadores del Gobierno—, le resulta demasiado transgresora a una clase dirigente premoderna y confesional.
No me extrañaría que lo que termine ocurriendo, sea que Santos anticipe el cese de las conversaciones, tirándolo todo a la bartola, para borrar rápido su reputación de Pastrana versión dos. Y para tener más tiempo de construir una fama de Uribe recargado. Pero no creo que eso le funcione.
Nunca como ahora quiero estar más equivocado, y ojalá tenga que tragarme mis palabras.
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Lisandro Duque Naranjo | Elespectador.com
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