Por: Piedad Bonnett

Las armas y las letras

Recién entrada a la universidad, el papá de una amiga estudiante de ingeniería me preguntó qué estudiaba yo. Cuando le respondí que filosofía y letras, él no dudó en afirmar, lapidario: “Ah, un bonito adorno”.

 Eso mismo piensan muchos de una de las formas más antiguas y más significativas de la literatura, la poesía, cuyo día, por cierto, se celebró el pasado 21 de marzo. ¿A quién le importó? Pues a casi nadie, porque la mayoría cree que poesía son palabras bonitas, frases rimadas que presentan una visión idílica o edulcorada del mundo. Y en verdad, ¿qué es poesía? Paul Celan dijo que era una especie de regreso a casa. Salinas, que es una aventura hacia lo absoluto. García Montero, que es un ajuste de cuentas con la realidad. Paz, que la poesía está en el mundo y que el poeta la recoge en el lugar donde mejor se expresa: el poema. Habría que decir que es una forma particular de ahondar en la realidad y de iluminarla. Y yo quisiera creer, como Hölderlin, que “los poetas echan los fundamentos de lo permanente”.

El hecho es que siempre ha habido y habrá poesía. Y que la han ejercido gentes de las más diversas profesiones, y por supuesto sin profesión ninguna. Omar Jayyam fue astrónomo, Sor Juana, monja, Michaux, pintor, Nicanor Parra, físico y matemático, y Joan Margarites, arquitecto. Los hay geólogos, y antropólogos y conozco uno, colombiano, que trabajaba criando pollos. La tradición de médicos poetas también es amplia: desde Nicias, quien vivió en el siglo III antes de Cristo, hasta William Carlos William y Gottfried Benn, pasando por Keats y Schiller, que pronto abandonaron la medicina. La afinidad entre ésta y la poesía no nos resulta extraña. Más difícil nos resulta asociar milicia y poesía. ¿Un militar poeta? Difícil esa relación, sobre todo si pensamos, como Carson McCullers, que “una vez que un hombre entra en el ejército lo único que se le exige es que siga los talones del que va adelante”. Y sin embargo, la historia está llena de soldados poetas: lo fueron Jorge Manrique y Garcilaso de la Vega y Alonso de Ercilla, el autor de La Araucana, y Calderón y el mismo Cervantes, que puso a don Quijote a deliberar sobre qué es más importante, si las armas o las letras. Y ya saben ustedes qué dictaminó el Caballero de la Triste Figura: que las armas tienen preeminencia sobre las letras, porque el soldado arriesga más: su propia vida.

Pero eran tiempos heroicos, claro. Ya en las guerras mundiales muchos poetas fueron a la guerra a su pesar. Hoy asociar las letras con las armas nos resulta difícil. Por eso resulta tan significativo, en un continente machista, que Rafael Correa haya nombrado como Ministra de Defensa a una mujer, que además es poeta. Esta semana María Fernanda Espinosa estuvo en Bogotá atendiendo asuntos políticos y además leyendo su poesía. Las armas y las letras en las mismas manos, sensibles a la belleza y a las desigualdades, pero en un mundo moderno que, contrariamente a don Quijote, prefiere más poesía y menos guerra. Como debe ser.

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