Opinión |25 Mar 2013 - 11:00 pm

Óscar Alarcón

Macrolingotes

Por: Óscar Alarcón

Los cónclaves, como la mayoría de las cosas de la Iglesia, están reservados a los hombres.

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Sin embargo, hubo una sola ocasión en que una mujer estuvo allí dentro, sin participar pero observando todo su desarrollo. Se trataba de sor Pascualina, una alemana que fue la eterna secretaria privada de Pío XII. Sesenta y dos cardenales componían el Sacro Colegio y la monja, cargada de medicamentos y otros objetos requeridos por Pacelli, llegó en medio de la confusión originada por el cierre de puertas en la Capilla Sixtina. Los cardenales estaban sorprendidos —¡qué sor presa!—, pero no se atrevieron a decir nada porque Pacelli no sólo era el camarlengo sino la persona que con mayor naturalidad andaba como Pedro por su casa por los misteriosos salones de ese enigmático lugar. Había sido el secretario de Estado del papa fallecido, Pío XI, y pertenecía al staff vaticano desde muchos años atrás.

Pascualina, discretamente, se dirigió al alojamiento de Pacelli y desde allí, estratégicamente, presenció uno de los cónclaves más breves de la historia reciente. Observó cómo quien sería Pío XII ganó en la segunda votación, pero, contrario a lo que ella esperaba, no estalló de júbilo sino que rechazó la elección.

Pido que se celebre otra votación —clamó Pacelli desde su sitio—. Pido que cada eminencia escudriñe su corazón y vote por alguien que no sea yo.

Al cardenal le temblaban las piernas y su fiel servidora lo condujo a la capilla papal para decir una oración y luego, con ella, desfiló ante los prelados y sin decir palabra se dirigió a su sitio. Hubo una nueva votación en donde por abrumadora mayoría fue elegido.

Pascualina fue su mano derecha durante todo su reinado. No sólo lo atendía y le daba las medicinas (era hipocondríaco y sufría de hipo), sino que además con ella consultaba cualquier nombramiento, tanto que por mucho tiempo dejó vacante la secretaría de Estado porque la monja no gustó de ninguno de los candidatos.

Como sucede siempre con esa clase de personajes, cuando falleció Pío XII no la dejaron entrar jamás al Vaticano, y le tocó, con la misma discreción con que ingresó al cónclave, tomar un taxi . Murió a los 90 años, lejos del mundanal ruido, 25 años después de la muerte de Pacelli.

  • Óscar Alarcón Núñez | Elespectador.com

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