Opinión |26 Mar 2013 - 11:00 pm
Opinión
Mamá Coraje
Por: Oscar Guardiola-Rivera
Tras una corajuda lucha de algo más de una década contra su enfermedad, mamá falleció la semana pasada.
El cáncer es una enfermedad singular: transforma nuestro interés más básico y animal, perseverar en el ser, en su mortal contrario. Es la conciencia de ese proceso lo que aproxima la vida de quienes lo enfrentan, la persona enferma primero y luego su entorno más cercano, en algo parecido a esos sueños que tienen consistencia real.
Y aunque en general deseamos convertir los sueños en realidad, con frecuencia los sueños muy reales se tornan en pesadillas. En este caso el saber que la única libertad posible es la muerte misma. Por ello se lo ha llamado el emperador de las enfermedades.
En una referencia más general a dicho proceso, mamá sugería que el autointerés ha terminado por convertirse en nuestro peor enemigo. Comentando la debacle chipriota durante un programa radial, recordé algo que ella había dicho hace unos días. Al ver una nota televisiva que pretendía calcular el valor de un meteorito presto a estrellarse contra la tierra, mamá observó: “Esta roca podría terminar con la vida en el planeta, y lo único que se nos ocurre es estimar su precio.”
Mamá nos dejó una lección acerca del tamaño de nuestra locura: podemos imaginar el fin del mundo pero somos incapaces de reconocer que el apocalipsis quizás ya ha ocurrido, que es la consecuencia de nuestro actual modo de vida, y no de una fuerza externa. Le debo el hacer de esa lección un principio de vida.
Tras esa lección se encuentra una singular percepción ética que responde a una vieja pregunta: ¿es posible comprender la progresiva transformación de la vida propia en muerte sin perder el corazón o la cordura?
Mamá encontró la respuesta a ese interrogante en una virtud que solemos llamar consistencia.
Si definimos al autointerés como la voluntad de persistir en el ser, la consistencia y el coraje parecen mas bien un interés desinteresado, puesto en aquello que en uno mismo va más allá de la seguridad y la certidumbre propias, del animal.
Días antes de morir, mamá solía decir “lo que ocurre dentro de mi cuerpo ya no me concierne; soy libre”. Es como si la hubiese atravesado una verdad mas allá de sí misma. Puede darse a esa actitud un contenido religioso. Prefiero pensar que se trata de un tipo de fidelidad que define la consistencia ética.
En filosofía, cuando la potencia del interés se pone en las consecuencias futuras, como hizo mamá al pensar en el porvenir de aquellos a quienes amaba como si de resolver un problema se tratase, ello define la búsqueda de la verdad.
Mi amigo Roberto Vidal me hizo ver que mamá había alcanzado esa particular definición de la sabiduría, que es la más universal de todas. Ella es ahora un ejemplo universal.
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Óscar Guardiola Rivera | Elespectador.com
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