Por: Mario Morales

Apariencia y oportunismo

Sí, duele, pero no sorprende el bajo nivel de discusión que los antagonistas le plantean al actual proceso de paz. Esos ladridos son otra prueba fehaciente de que las conversaciones cabalgan.

El descache pastranista, las histerias uribistas y las demagogias de algunos columnistas dejan ver varias cosas: la primera, de perogrullo, que siempre es más fácil destruir que construir; para la muestra la voltereta que plantea Andrés, el pusilánime expresidente que tampoco pudo acabar el conflicto y con la rabia inoculada de otros corrales ahora pretende defender “su paz”.

La segunda, en secuencia con la anterior, que hay más visibilidad en la oposición (si es que así se pueden catalogar las vacas muertas que le han “nacido” al proceso). Lo que buscan, en el fondo, es mayor margen de maniobra oportunista en la escena mediática.

La tercera que, mutatis mutandis, el tema de la paz se va instalando como prioritario en la agenda nacional, y de contera, en la campaña electoral que arrancó con el año; lo cual debería ser motivo de alborozo para el debate público, si no fuera por el reduccionismo ideológico que las ambiciones electoreras han pauperizado, acudiendo a la sensiblería municipal de preguntarse sólo por el futuro político de la guerrilla y no por el de un país sin conflicto.

Claro, sería mucho mejor si de por medio no estuviera la reelección, pero ahí está, para bien y para mal. Lo que sí se puede exigir es que, si hay acuerdos, el Gobierno debe ambientar, en la opinión pública, la tolerancia y convivencia en medio de diferencias propias de la reconciliación.

Y tiene cómo hacerlo. La primera restitución de tierra a un miembro de la Unión Patriótica, la desestigmatización de la Marcha Patriótica y la convocatoria a la jornada por la paz el 9 de abril son insumos para sensibilizar a los ciudadanos en temas como la reinserción de quienes dejen las armas. Así les duela, o hagan parecer que les duele, a unos pocos.

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