Por: Rodolfo Arango

El viacrucis

Ana sufre y llora. Parece condenada a muerte. Por mujer. Por campesina. Por pobre.

Resume las injusticias del mundo. Con escasos 25. Como Joseph K., camina escoltada a su destino. Representa el olvido, la tristeza, el hastío. A los 18 tuvo una hija. Vino luego la hinchazón. Médicos rurales daban palos de ciego. El dichoso Sisbén: más que bálsamo, estigma. Vuelva en quince, vuelva en siete. Se acostumbró a la respuesta. Pasaron los años de aquí para allá. Un suplicio extendido. Cómo pesan los pobres, piensan los funcionarios en su desidia. Por fin una sustitución. La nueva empleada busca la orden. La descubre archivada. Nunca fue enviada. La premura aumenta. La recolecta campesina da fruto. La ecografía se hace con platas ajenas. Nada. Ana ya ni se reconoce. Naturaleza y hombre han moldeado su cuerpo y quebrado su espíritu.

La providencia por fin aparece. Una nueva concepción obliga al traslado. En Manizales no hay cupo. Tampoco la complejidad requerida. Termina en Ibagué. Asustada, sola, enferma. Todo por mujer, por campesina, por pobre. Con cinco meses de gravidez escucha la sentencia. Dos riñones infectados. Uno infartado, el otro a medias. El resumen de años de descuido. Los galenos hablan: es ella o el feto. Desde las alturas, en latín, se oye un profeta. Dueño de la vida y la muerte. Es prueba de Dios. Sus caminos son inescrutables. Con sacerdotisas enconadas cierra la sentencia. Hoy, Jueves Santo, Ana espera la pena. Y sólo con 25.

Mientras tanto los señores discuten. Hacen leyes. Grandes reformas. Sacan conclusiones. Pero los campos continúan lejanos. Las montañas devoran las leyes. Encumbrados, los jueces derrochan sabiduría: si quiere abortar, que (la) pague. O que tutele. La magistrada desconoce los fallos. De poco o nada valen los esfuerzos constitucionales. Ni el “1, 2, 3” de CM& ayuda. En la manigua la “civilización” poco importa. Leyes, reglas, fallos ignoran el rostro de la miseria. Los pobres no tienen boca. Menos en el Congreso, el Consejo de Estado o la Procuraduría.

En Cuba quieren pactar la solución; encontrar la salvación del campo. Pero, ¿y la mujer? ¿Y la campesina? ¿Y la pobre? Ninguna de las tres está presente en la mesa. No existe. Sirve pero no cuenta. Los señores de la guerra pactan por ella, disponen de ella, gobiernan sobre ella. La endiosan, la alaban, la sacrifican. En el altar de la patria, yace con el vientre abierto. Literalmente. Otros cien años de soledad se avecinan. Las cavernosas mentes de curas, jefes, militares y guerrilleros no captan las sutilezas de la vida. Ana no tiene lo que necesita. Médicos valientes. Funcionarios diligentes. Familiares decididos. Sistemas sensibles. Defensores aguerridos. Vigilantes compasivos.

El campo yace en la miseria. Terratenientes, religión y coca se juegan sus restos. Sus habitantes son títeres en la comedia del absurdo. Con vidas predestinadas. Cual enclavados en el Medioevo, esperan inermes su destino. Pero el Gobierno trae buenas noticias. Con vías, casas y wi-fis, pretende modernizar las maniguas. Todo en época electoral. Y ya a lo lejos se anuncia el mesías. En su mano porta la espada. Presto a hacer justicia divina. En el interregno, Ana y su criatura por el viacrucis. Testimonio fehaciente de la gloria divina que recuerda la insignificancia de los hombres, pero en especial de las mujeres.

Nota: Ana, nombre ficticio; sucesos reales y actuales.

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