Por: Juan Pablo Calvás

Recuerdos de Semana Santa

Es inevitable que cada año vuelvan a mi los recuerdos de la Semana Santa más maravillosa que haya vivido. Fue hace ya tanto tiempo. Apenas era un niño.

Todo comenzó con una visita a mi padrino de bautizo, un buen hombre, un gran católico. Llegamos a su casa a las afueras de Bogotá en la tarde del miércoles, seguramente iba a ser una visita corta, cuestión de algunas horas, un par de whiskies y no más.

A pesar de haber nacido en una familia católica, nunca fuimos grandes practicantes. No íbamos a misa todos los domingos, ni tampoco participábamos de las grandes eucaristías en las fiestas de tradición. Tal vez lo más cercano al fervor religioso era el rezo anual de la Novena de Aguinaldos, algo que como niño parecía más la cuenta regresiva a la apertura de regalos en la media noche del 25, antes que una reflexión sobre el nacimiento del Niño Jesús y “las penurias con que nació en el pesebre”.

En casa de mi padrino las horas fueron pasando. Cayó la noche y la invitación a quedarnos en a dormir no se hizo esperar. Contrario a lo que pasaba con mis padres, el dueño de casa sí tenía una gran programación religiosa para la Semana Mayor. Como buen católico tenía presentes las celebraciones más importantes en esos días: misas, lavatorios, procesiones, todo estaba en su agenda mental y en todo terminamos incluidos.

Recuerdo las largas eucaristías en una pequeña iglesia a las afueras del pueblo donde vivía mi padrino. Decenas de personas se apiñuzcaban dentro del recinto, muy pequeño para contener tanta pasión por el Cristo en vía de resucitación. La mayoría de las ceremonias nos tocaban seguirlas de pie porque las sillas no daban abasto y alguna vez tuvimos que escuchar la homilía desde la puerta de la capilla porque ya no había espacio en el interior.

No sé qué pensarían mis padres de tal experiencia, pero para mi fueron momentos felices. Vuelve a mi memoria la tarde de jueves santo en que decidimos ir a visitar los siete monumentos. Fue como vivir una carrera de observación, buscando siete iglesias en esa zona de la Sabana de Bogotá, para poder rezar frente a un arreglo floral dispuesto en el altar. Tristemente no logramos visitar las siete iglesias, nos faltó una. Gran decepción para el niño que era.

El viernes santo hubo siete potajes. El domingo misa de resurrección con todo y cirio pascual. Todo pasó rápido, hubo tanto por hacer que al final me divertí con cada episodio de esa Semana Santa. Nunca pensé que una fiesta católica pudiera ser tan divertida. Hoy estoy convencido que difícilmente podré vivir a vivir algo así. Tal vez por eso lo escribo, para no olvidar momentos de extrema felicidad.

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#PreguntaSuelta: ¿Qué podemos poner a hacer a los expresidentes para que no anden molestando por ahí?

@colombiascopio

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