Opinión |31 Mar 2013 - 11:00 pm

Lorenzo Madrigal

En tu cuarto

Por: Lorenzo Madrigal

Una vieja lectura del padre Pierre Charles (“In cubículo tuo”, esto es, “En tu cuarto”) me ha venido a la memoria con ocasión de la última novedad vaticana: Francisco, el papa Francisco, no ocupará las estancias papales, que desde 1903 han albergado la intimidad de los pontífices.

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Su alojamiento seguirá siendo el de la casa de Santa Marta, donde pernoctó los días del cónclave. Una habitación austera, según pudo verse por la televisión. Pierre Charles, jesuita, hablaba de aquel refugio personal, apenas suficiente, en que te recoges, aferrado a ti mismo, disipados los ruidos externos, tú, a solas con tus cosas elementales, como quien quiere reencontrar la propia identidad.

A mi modo de ver, fue muy jesuítica la decisión del papa Bergoglio. Para quien ha conocido las habitaciones de los religiosos de esta orden, la pulcritud, el decoro y la pobreza, sin afectación, resumen lo que se repite en cada una.

Me imagino que la casa privada del Palacio Apostólico debe impresionar por los fantasmas de al menos nueve muertos y uno que ha dejado en vida de residir allí. Las sombras de León XIII, San Pío X, dos Benedictos, Juan y Pablo, dos Juan Pablos, Píos Once y Doce. Contra este último, pontífice de sublime espiritualidad (el “Pastor Angelicus” de Malaquías), se generó gran saña por su manejo diplomático con la Alemania nazi, habiendo sido un papa estelar del siglo veinte. Una rara fotografía suya se conoció en el lecho de muerte, vencido por la enfermedad y la agonía, en una estancia sepulcral de Castel Gandolfo.

En el palacio papal amaneció muerto Juan Pablo I, Albino Luciani, en medio de consejas que rodearon su fallecimiento repentino y lo calificaron de envenenamiento, a los 37 días de subir al trono. Fue célebre “el cafecito de las once” que le llevó una monjita, la última que lo vio con vida, para yacer al alba, según fuentes vaticanas, con el libro del Kempis en sus manos y según el británico Yellop, con la nómina de la Curia en su revuelto escritorio. No hubo autopsia, sino el martillo de plata con que se le golpeó en la frente, llamándolo por su nombre, al cual no respondió.

Los jesuitas viven y muchas veces mueren en su habitación, a la manera del propio Ignacio de Loyola. Dice Rahner que, presintiendo su muerte, el fundador pidió la bendición papal (hoy sería la de un hijo de su comunidad), encargando de ello al secretario Polanco, lo que era fácil de conseguir por hallarse en la misma Roma. Conversó en la mesa y se retiró a su cuarto (“In cubículo suo”), donde a la madrugada, su vecino, un hermano coadjutor, lo escuchó exclamar “Ay, Dios mío” y lo encontró agonizante. Polanco, remolón, corrió al Vaticano, pero la bendición del pontífice lo encontró muerto. Tal vez, ahora, el fundador de la Compañía de Jesús le imparta su bendición celestial al papa Francisco.

 

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