Por: José Fernando Isaza

Temor a la controversia

Una mala consecuencia del Frente Nacional fue considerar que la controversia, la critica, la discusión, eran “políticamente incorrectas”.

Aun en los hogares se oía “mijo, vaya a conversar pero no a discutir”. El mejor ejemplo de este comportamiento estaba en una cafetería en la plaza de Cartago, donde se vendía una leche malteada que hoy provocaría una crisis diabética; allí colgaba un cartel que decía “Se prohíbe hablar de política y de religión”. Hoy la cafetería no existe. En la plaza hay un olor a café recién tostado, múltiples grecas distribuidas en el área ofrecen expresso a los paseantes, que seguramente hablan de temas diferentes a las los prohibidos hace más de 55 años.

En una democracia, la controversia es una característica fundamental de la cultura política. En nuestro país se descalifica a la oposición y en el período del uribismo se la tildó de auxiliar o cabeza del terrorismo. El Frente Nacional introdujo conceptos tan antidemocráticos como la prohibición de participar en la administración publica a quienes no militaran en alguno de los dos partidos tradicionales. En una democracia la dirección política puede estar reservada al partido o a lo coalición triunfante, pero la posibilidad de participar en otras áreas debe estar abierta a todos los ciudadanos. Es justo reconocer que en Colombia con la carrera administrativa algo se ha avanzado para corregir ese error.

La aversión a la oposición hace buscar coaliciones de espectro más amplio que la ampicilina, desdibujándose las plataformas ideológicas por las cuales se votó. A cualquier costo se busca el consenso, o la unidad nacional, bien denominado el canapé republicano. Es sorprendente que en medio de un debate presidencial un candidato acuse a otro de paramilitar o mafioso, pero si éste gana, aquel no tiene reserva moral para aceptarle una embajada, en la cual no sólo representa al país, sino al jefe de Estado; en lugar de liderar la oposición, en los inicios del Frente Nacional, algunos movimientos subversivos declaraban que tomaban las armas para hacer política, pues les cerraban las puertas para hacer política de oposición civilista.

Cuando se analiza la plataforma del Frente Unido de Camilo Torres, con los nuevos derechos consagrados en la Constitución de 1991, es casi imposible no preguntarse qué hubiera pasado si se le deja difundir su mensaje sin los atropellos de la fuerza pública contra él y sus seguidores; tendríamos hoy un estadista que vio plasmado en la Constitución su ideario político, y no un muerto más en la inútil y prolongada guerra.

La confrontación ideológica por el Twitter no es adecuada; se requieren más de 140 caracteres para expresar y sustentar una idea. Pero salir todos a una a pedir que cesen los comunicados, las cartas y las conferencias, en aras del bien de la patria, es nuevamente rechazar la oposición y la crítica. Si se realizan con argumentos puede demostrarse que la palabra es más poderosa que el arma para triunfar en política.

En las democracias, el jefe de Estado y los ministros participan en política, sería inconcebible que funcionarios con claras funciones políticas no lo hicieran; aquí hipócritamente se les niega este, uno de los más importantes papeles.

Que siga el debate, el abismo entre la política de tierra arrasada y paz negociada no se zanja con un tintico.

 

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