Opinión |3 Abr 2013 - 11:00 pm
Ceñida de agua y madurada al sol
Por: Catalina Ruiz-Navarro
El 7 de abril, Barranquilla cumplirá 200 años. Su mito fundacional es un encuentro casual: unas vacas, un verano cruel, la dulzura del agua. Antes de tomar su nombre, se la llamó “Sitio de libres”: negros libertos, indígenas rebeldes, judíos, libaneses y palestinos, alemanes, italianos, españoles, estadounidenses, ingleses, franceses, chinos, que encontraron esperanza a la orilla de un río inmenso y se hermanaron con la mayor naturalidad para construir una ciudad caribe, de puertas y brazos abiertos, bulliciosa, activa y enamorada del progreso.
“Tenía la ambición de convertirse no sólo en el primer puerto fluvial del país sino también en el primer puerto marítimo. Familias de Santa Marta, en el litoral norte de Colombia; de Cartagena, la ciudad más hermosa de América; de los riscos de Santander y de Antioquia, en las montañas del interior; venían a establecerse en Barranquilla, que crecía como espuma. Nadie en aquella tierra enrojecida por el sol y azotada por el viento se sentía extranjero. Hubiera llegado a la víspera, como me acontecía a mí, o estuviera de tiempo atrás entroncado y vinculado a las principales familias del puerto, al alemán se le consideraba barranquillero. Queríamos a la ciudad como si fuera nuestra y había un constante estímulo que nos empujaba a superar la riqueza y la belleza de las otras”, escribe el alemán Herbert Roy en 1955. Esa pujanza llevaría a la ciudad a ser la cuna de la aviación en Colombia, la puerta por donde entró el fútbol —unos ingleses, se cuenta, jugaron su primer partido en el barrio Rebolo—, la primera ciudad industrial de Colombia y la primera con un movimiento obrero.
En la primera mitad del siglo XX, cuando el modelo de desarrollo económico estaba orientado al comercio internacional, Barranquilla tuvo una época dorada. Fue un pequeño oasis en tiempos de la Violencia. Los domingos, en el Romelio Martínez, los barranquilleros podían leer en la revista Crónica, que se repartía allí, magistrales entrevistas a los jugadores que tenían en frente —como la que Álvaro Cepeda le hizo a Garrincha— y continuar con un cuento de Borges, quien para ese entonces era desconocido en el resto del país. Detrás de semejante publicación, el Grupo de Barranquilla. Allí estaban también los maestros que trajeron la modernidad a la plástica nacional: Obregón, un gigante de románticos tramojazos de color, y Figurita, que tuvo a bien morirse un martes de Carnaval, como Joselito, después de cuatro días de amor, amigos y fiesta, como queremos morirnos todos los barranquilleros.
Tras la Violencia se pasó a un modelo de desarrollo de la industria interna y las ciudades comerciales sufrieron un duro golpe. La ciudad durmió sus vanguardias y empezó un sueño ridículo y facilista de convertirse en Miami. La que antes se enorgullecía de su pujanza se conformó con ser “un buen vividero”. Se fue convirtiendo en lo que siempre renegó: un feudo de apellidos de abolengo. Los barranquilleros se uniformaron: camisas polo rosadas y largas cabelleras con visitos; le cogieron miedo a lo diverso y a lo nuevo. Barranquilla llegó al siglo XXI como una ciudad acrítica, complacida con nostalgias hedonistas; un desfile de porteros felices, barbies empresarias, machistas camisiabiertos, políticos corruptos, piroperos de esquina, músicos de gafas oscuras y bailarines arrebatados.
En los últimos 20 años se ha visto a la ciudad renacer industrial y culturalmente, pero a los barranquilleros, que tanto amamos los espejos, aún nos falta enfrentar al reflejo sin maquillaje. Barranquilla, una ciudad con aciertos y tragedias que exigen ser más que anécdotas y que hay que mirar de vuelta sin miedo. Sólo así puede la ciudad preguntarse por todo lo que podría ser, por el rumbo que está tomando; salirse de la deriva de los arroyos, hacerle caso al río y retomar su cauce.
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Catalina Ruiz- Navarro | Elespectador.com
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