Por: Patricia Lara Salive

¿Y la salud mental del post conflicto?

Ahora que se habla de postconflicto, vale la pena mencionar un artículo publicado la semana pasada en The New York Times sobre las secuelas que la guerra ha dejado en los dos millones de soldados norteamericanos que en este siglo han combatido en las distintas batallas libradas por Estados Unidos: han sido de tal magnitud, que la Asociación Médica Americana, después de evaluar el asunto, protestó porque la intervención del Estado en el tratamiento de la salud mental de los veteranos de guerra norteamericanos, se ha quedado muy corta.

El tema ha generado interés en distintos círculos pues las cifras son impresionantes: más o menos cerca del 30% de los que sobrevivieron a explosiones, padecen stress postraumático y trastornos cognitivos parecidos a los del Alzheimer.

Ello se debe, según el neurocientífico colombiano Herman Moreno —quien realiza un estudio sobre la asociación entre el trauma cerebral de la guerra y los mecanismos de producción del Alzheimer— a que en los últimos cinco años se ha descubierto que el impacto en el cerebro de la onda expansiva de una explosión, desencadena un trastorno físico que activa vías bioquímicas muy parecidas a las que se activan con el mal de Alzheimer. “Es algo parecido a lo que le ocurre a un ratón cuando se le golpea la cabeza: desarrolla ese mal”, dice.

Moreno afirma que, quienes sufren esos trastornos generados por la guerra, presentan comportamientos agresivos que se traducen en episodios de violencia intrafamiliar; pérdida de memoria y concentración; dificultad severa para trabajar; trastornos obsesivo-compulsivos; adicción a la guerra, al alcohol y a las drogas; flash backs, pesadillas recurrentes y trastornos del sueño; paranoia y temor a sufrir ataques, así estén en su casa, razón por la que muchos prefieren dormir en el piso; y obsesión por eliminar a un enemigo que ellos no saben muy bien quién puede ser, ya que varía según la indicación que al respecto les dé el comandante de turno.

Según Moreno, los males que deja la guerra representan un enorme problema de salud pública y, si bien no pueden curarse de manera definitiva, sí puede mejorarse en sus síntomas.

Y representan también un problema de seguridad gigantesco, pues las personas que han sufrido su impacto, en muchas ocasiones, se vuelven tan violentas, que se convierten a su vez en generadoras directas de violencia, y en generadoras indirectas, a través de los traumas que los episodios de violencia intrafamiliar que desencadenan, generan en sus hijos quienes, debido a ellos, pueden también, en el futuro, tornarse violentos.

Por ello es indispensable que en Colombia, donde de hecho el problema de salud mental tiene una dimensión aterradora, pues más del 30 por ciento de la población padece o ha padecido alguna afección de ese tipo, se introduzca como una prioridad de la etapa del postconflicto, el diagnóstico y tratamiento de las secuelas que en la salud mental de los desmovilizados y en la de sus familias, ha de dejado nuestra larguísima y absurda guerra.

Y a propósito de nuestra absurda guerra, ¡es tan absurdo que dos expresidentes sean los principales enemigos de que este gobierno alcance la paz! ¡Qué mal les queda apelar al insulto personal y a la calumnia para hacerse oír! ¿Actuarían de la misma manera si fueran sus gobiernos los que estuvieran ad portas de alcanzarla?

¡Qué pequeños se ven…!

 

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