Foro El Espectador y Colombia 2020: La inclusión y la educación, pilares para la paz

hace 8 mins
Por: María Elvira Bonilla

Monseñor Gutiérrez y Carranza

Tremenda homilía laudatoria la que pronunció monseñor Héctor Gutiérrez, el obispo de Engativá, con toda la pompa y acompañado de siete curas más, en el sepelio de Víctor Carranza.

 Las emotivas palabras del obispo frente al ataúd rodeado de 58 enormes ramos de flores que a duras penas lo dejaban ver, contrastaban con el ruido del helicóptero que sobrevoló el camposanto Jardines de Paz lanzando pétalos de flores, las sonoras rancheras, las decenas de guardaespaldas y la aparatosa unidad móvil de televisión contratada para grabar al detalle la despedida del zar de la esmeraldas.

No era este exactamente el ambiente del entierro de “un hombre comprometido con la paz que rechazaba la violencia”, términos con los que se refirió el obispo Gutiérrez, de la misma manera que lo había hecho en las emisoras radiales lamentando la muerte de Carranza el jueves anterior, intentando borrar con palabras y bendiciones un historial de violencia asesina que dejó una cruenta estela de dolor y muerte en los Llanos Orientales y Magdalena Medio.

Para muchos, Carranza construyó, desde el prototipo del ejército paramilitar, Los Carranceros, inicialmente para defender sus minas en Muzo y Quípama, pero luego se convirtieron en su brazo armado para extender a sangre y fuego su riqueza en tierras —celebró hace un par de años con una estruendosa fiesta su millón de hectáreas— y negocios de narcotráfico. Experimentó y trazó exitosamente la ruta de la corrupción para lograr cooptar el aparato del Estado, la clase política, la justicia y los militares encargados de ejercer autoridad en sus zonas de operación. En los años 80, líderes de la UP cayeron asesinados por Los Carranceros y la “guerra verde” dejó más de 3.000 muertos. A pesar de la infinidad de denuncias y testimonios de víctimas de la crueldad con que actuaba la gente bajo sus órdenes, Carranza sólo fue detenido una vez, en 1998, pero con una laxitud inexplicable, poniendo a prueba su poder, consiguió de manera privilegiada pagar la condena en la Escuela del DAS. Lo defendió Fernando Castro, actual magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia.

Carranza trabajaba en llave con Martín Llanos y testimonios de los propios paramilitares lo vinculan a la formación de escuelas sicariales en sus fincas. Salvatore Mancuso describió su alianza con las Auc y habló de la reunión que sostuvo con los hermanos Castaño en la finca La Rula para coordinar la entrada de los matones a la zona para ejecutar la masacre de Mapiripán, una de las más cruentas, donde se desplegaron las peores formas de crueldad humana.

Pero de todo esto se olvidó monseñor Héctor Gutiérrez. Carranza debía confesarse y pedir perdón como todo un beato que rezaba cotidianamente el rosario con el que lo enterraron, y entregar millonarios diezmos, pero en su vida violó todos los principios de la fe cristiana. Todos. Fue un ejemplo del mal que quiso ocultar con sus palabras el obispo. Un supuesto pastor y orientador de fieles que no distingue entre el bien y el mal. Actitudes equívocas y confundidoras como la de monseñor Gutiérrez frente a un nefasto personaje como Carranza son los que tienen a la Iglesia católica en la olla, de la que no saldrá fácilmente por buenas que sean las intenciones y gestos del papa Francisco en Roma.

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