Por: Cristina de la Torre

La paz es el cambio

Tal vez el escenario más expresivo del reordenamiento político que el país registra sea la movilización de los colombianos en respaldo al proceso de La Habana y la elocuente ausencia de sus detractores.

Mientras las calles se colman al grito de paz, el expresidente Uribe se margina pues, creyendo reconquistar así el poder, se la juega de nuevo por la guerra. Dirigentes del conservatismo y de la U acatan las marchas a regañadientes: nadan entre aguas de Uribe y Santos, esperando el sol que más alumbre. Mas hoy podrá inclinarse definitivamente la balanza en favor de la paz. Del fin del conflicto, primero; y después, de la limpia confrontación de modelos de país que emanen de las fuerzas en liza por el poder. A despecho de los nostálgicos de la Guerra Fría, no figurará entre las opciones un duelo entre capitalismo y comunismo. Será entre desarrollismo industrial —modelo Brasil— y capitalismo rentista centrado en especulación comercial, inmobiliaria y financiera —modelo Colombia hoy—. En todo caso, el resultado de los diálogos repercutirá en las elecciones, pero también sacudirá la modorra ideológica de nuestros partidos y los forzará a idear programas.

El mismo presidente Santos, capaz de audacias como esta de la paz, o de reivindicar a las víctimas y devolverles su tierra, o de proponerle al mundo la despenalización de la droga, podrá naufragar en las ambivalencias que su Unidad Nacional de patria boba le impone. Primero, avala la reelección del inquisidor Ordóñez, quien lanza ahora carga letal contra el instrumento legal indispensable para la reinserción política de los desmovilizados. Segundo, los TLC riñen con la nueva Colombia que la paz augura, pues siembran al país en la prehistoria y frustran su industrialización. En virtud de la reforma tributaria, dejará el Gobierno de recibir $6,7 billones por parafiscales perdonados a empresas que tampoco crearán empleo. Vacila Santos entre el viejo López y el más acrisolado neoliberalismo. Con todo, si al final hay apretón de manos en La Habana, habrá pasado Santos a la historia como el hombre de la paz. Y sobre otros recaerá la responsabilidad de pelearse la edificación de una Colombia que no dé lugar a rebelión armada: un Frente Amplio auténticamente reformista.

A los esfuerzos unitarios de Antonio Navarro —entre otros— ha respondido la presidenta del Polo, Clara López, con invitación a formar un frente democrático de fuerzas alternativas que compartan la paz, programa común y candidato único a la presidencia. No sería “una confluencia para seguir siendo minoría, sino consensos suprapartidistas para ser mayoría”, declara. Y apunta a un modelo distinto del que rige, que “está haciendo agua”, pues no atiende al interés nacional, genera enfermedad holandesa, desindustrializa y quiebra al agro. Vocero de Pido la Palabra, José Antonio Ocampo reafirma que la apertura económica redujo el crecimiento y agudizó la desigualdad. La equidad no se logra, según él, con asistencialismo, sino con una ambiciosa estrategia de desarrollo productivo y tecnológico; educando y creando empleo y con un sistema universal de protección social “que iguale lo que el mercado desiguala”. Para estimular la innovación y la creación de empresa, financiamiento del Estado, de preferencia mediante bancos de desarrollo. En suma, poner el acento en la industria y la agricultura, los sectores que dan empleo. Puntadas para una paz duradera.

Los partidos no podrán ya limitarse a usar los resultados de La Habana en función de su interés electoral. Tendrán ahora que proponer modelos políticos y de desarrollo que conjuren la exclusión, la pobreza y la inequidad. Se oye la voz de la ciudadanía: la paz es el cambio, o no lo será.

 

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