Por: Aldo Civico

Enterrar el hacha de guerra

Escribo esta columna desde Nueva York mientras sigo por internet el río de gente que ha salido a marchar por la paz en Colombia. Miro esta manifestación y se me viene a la mente la letra de una canción de Juanes: “Es tiempo de cambiar el odio por amor”.

Quizás es más fácil cantarlo que vivirlo. El espectáculo que políticos han ofrecido al país en las últimas semanas ha sido penoso. Frente a la posibilidad concreta de ponerle fin al conflicto armado, hay quien se rasga la vestiduras escandalizado y se proclama defensor de las víctimas y se declara un luchador contra la impunidad. Otros se dejan arrastrar por antiguos rencores o se cobijan en sus ideologías rancias. En todos los casos, uno siente hasta compasión (lo escribo sin ironía) al ver a estos líderes prisioneros de la historia violenta de Colombia, de imaginarios que no logran vislumbrar a su propio país en paz, de identidades construidas en medio de la violencia fratricida y en donde la paz, en el transcurso de la historia, muchas veces se entendió como la aniquilación del otro.

Con la posibilidad de poner fin al conflicto armado, Colombia tiene la oportunidad de voltear página. Y quizás esta perspectiva despierta ansias y miedos inconscientes frente a una posibilidad que se presenta como inédita, nueva, desconocida, y con la cual uno no sabe cómo relacionarse, qué lenguaje utilizar y qué actitud tener. Lo conocido y lo familiar, que son la guerra y la intolerancia, parecen ofrecer a unos más certezas y los empuja hacia el autosabotaje.

Pero hay que voltear la página, porque la violencia, sin importar de qué lado haya sido promovida, no le ha traído a Colombia desarrollo y progreso, sino decadencia, desorden y destrucción. Para Colombia, y esa parece ser la voz que se levantó de entre la marcha, ha llegado el tiempo de enterrar el hacha de guerra.

Enterrar el hacha de guerra significa abrir el espacio a la reconciliación, que no es olvido sino la conjugación de verdad, justicia y reparación. Pero una cosa es la justicia imaginada desde las trincheras de la guerra, y otra cosa es la justicia aplicada desde el espacio de la reconciliación. Una cosa es buscar la justicia en retribución del daño hecho por un enemigo, otra cosa es la justicia para reconciliarse con el otro que ya no es enemigo sino el otro descubierto nuevamente como un reflejo de mí mismo con el cual reconciliarme.

Enterrar el hacha de guerra quizás requiere dejar espacio a una nueva generación de líderes políticos y sociales que, por edad y mentalidad, están menos atrapados por la historia y por rencores profundos. Quizás para algunos es imposible enterrar los odios, y hay que respetarlos porque los dolores pueden ser muy profundos, pero por el bien del país y su camino hacia el futuro, sería bueno que den un paso atrás, cediendo el puesto a líderes que pueden encarnar la idea de un país reconciliado. Estos jóvenes y líderes no faltan en Colombia: que den un paso adelante para cambiar el odio por amor.

 

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