Por: Mauricio Rubio

Reflejos en el ojo de un hombre

La mirada masculina sobre el cuerpo de la mujer es involuntaria, innata, programada en el disco duro genético del macho para la reproducción. Es por lo tanto difícil de controlar.

La mirada-deseo del hombre se remonta a la noche de los tiempos y tiene un sustrato biológico ligado a la supervivencia de la especie. Pero en los discursos intelectuales contemporáneos ha estado tercamente negada, rechazada, olvidada, pues implica la existencia de un vínculo poderoso entre la seducción y la reproducción.

En las sociedades tradicionales las mujeres siempre se acomodaron a la mirada de los hombres sobre sus cuerpos. Para decirlo de manera burda, ellas son como las hembras de los primates que seducen a los machos porque quieren ser madres. Para lograr este objetivo se embellecen.

El feminismo nunca ha sabido cómo manejar la coquetería femenina. Persistió la idea cristiana de la separación entre el cuerpo y el espíritu. El supuesto predominante ha sido que la belleza es un valor alienante, impuesto a las mujeres por el machismo milenario y exacerbado en el capitalismo por la industria cosmética y la moda. Antes la coquetería era un pecado. Ahora, como las madres católicas, las madres feministas le recomiendan a sus hijas cuidarse de los hombres que les hacen la corte. “¿Te fijas en mí o sólo en mi cuerpo?” Como si el yo pudiera prescindir del cuerpo, como si el espíritu fuera más auténtico yo que el cuerpo.

Ninguna sociedad humana se ha montado en una contradicción tan inextricable, negando tranquilamente la diferencia de sexos y simultáneamente exacerbándola hasta el paroxismo con las industrias de la belleza y la pornografía.

Las mujeres occidentales critican a las que se cubren el cabello. Prefieren taparse los ojos. Independientemente de cualquier angustia sobre por qué, o con qué derecho, los hombres tienen una predisposición innata para desear a las mujeres con la mirada y las mujeres siempre se deleitaron con esa mirada porque anuncia su fecundación.

La visión del macho se adaptó para reconocer a las hembras fecundas y enviar señales a sus testículos para que reaccionen. Existen filtros y un mecanismo cerebral de bloqueo. Pero en cuanto falla, el hombre está listo para la acción. A la mujer, por el contrario, no le interesa copular con cualquiera, puesto que su implicación con la reproducción es incomparablemente más pesada y larga que la del macho. Los varones fingen amar para poder tirar, ellas fingen desear para atrapar.

Me hubiera gustado que las reflexiones anteriores fueran mías. Las tomé de un refrescante libro -con el título de esta columna- que amerita una mirada, no sólo masculina. Su autora, Nancy Huston, es una feminista canadiense, combativa, pragmática y experimentada, que logró liberarse de los dogmas.

http://mrp-ee.blogspot.fr

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