Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Suicidio por convicción

Los aniversarios no siempre son motivo de celebración. Ciertas fechas reviven pesares y despiertan profundas reflexiones. Nos dejan sumidos en la desesperanza.

Pronto se cumplirán 20 años del suicidio masivo de los fieles de David Koresh, en Waco (Estados Unidos). Sesenta y nueve adultos y 16 niños de la secta “davidiana” murieron juntos en un rancho tejano.

No fueron los primeros ni los últimos. Hace 35 años, en Guyana, más de 900 personas tomaron veneno, incitadas por el pastor Jim Jones, fundador del Templo del Pueblo.

Cuentan los sobrevivientes que Jones se creía la encarnación de Lenin, Buda y Jesucristo. Sólo su verdad “haría libre” a la secta.

El diccionario define “secta” como un “conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”. Es decir, no se trata únicamente de una manifestación de fe: va del campo de la creencia —de la emoción—, al de la razón y las ideas.

De ahí que algunas figuras políticas sean consideradas como nuevos “mesías”. En España, por ejemplo, no falta quien extrañe las épocas de “El Caudillo”, y evoque a Franco cual “héroe” mítico.

(O qué tal el difunto convertido en pajarito...).

¿Cómo demarcar la línea sutil entre identificación ideológica, devoción y ciego sectarismo?

En los últimos años, Colombia ha presenciado una especie de suicidio político colectivo: ciudadanos del común, líderes de opinión y activistas pierden dignidad intelectual ante sus pares académicos o contertulios por defender lo indefendible: un líder, ya carente de argumentos, que insulta a rajatabla (“terrorista”, “canalla”) a sus contradictores, publica fotos de los cadáveres de policías recién asesinados sin consideración por el dolor de sus familias, y divulga coordenadas de operaciones militares... una cortina de humo perfecta para evadir preguntas sobre la relación de sus hijos con paraísos fiscales y la actuación de su gobierno en el caso del meridiano 82.

La diferencia de ideas no es reprochable. Por el contrario, la tensión entre opuestos (o, simplemente, distintos) debería enriquecer la democracia, favorecer el pluralismo.

Lo condenable en estos seguidores políticos es su incapacidad para reconocer los errores de su líder. El desparpajo del uribismo radica en el desinterés por razonar con sus contradictores, y su apoyo irrestricto a una forma antiética de ejercer la política y hacer oposición.

Una colectividad se convierte en secta en el momento en el que sobrepasa los límites de la razón al defender a un personaje y no sus ideas (todo se resume en la cacareada “seguridad democrática”, sin importar su costo humano).

Por las desafortunadas decisiones de Álvaro Uribe Vélez, sus seguidores parecen hacer tránsito hacia la condición de defensores perpetuos.

En tiempos de desesperanza, el fanatismo es la puerta de evacuación más cercana.

 

Desde el sótano: Alejandro Ordóñez dice que el vainazo de los “porros” y los “pases” es una “figura retórica”: difícil de reparar lo que su “retórica” le está haciendo a la figura del procurador general de la Nación.

 

* Ana Cristina Restrepo Jiménez

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