Por: María Elvira Bonilla

La banda de los tres

Tres gobernantes de ingrata recordación para muchos, Margaret Thatcher, Augusto Pinochet y Ronald Reagan, definieron el rumbo económico del mundo desde la década de los ochenta.

Pinochet marcó la avanzada del modelo neoliberal que pudo imponer como dictador cuya voluntad era ley de obligatorio cumplimiento con fusil y recorte de libertades. Sin espacio para la discusión y mucho menos la crítica, los Chicago boys estructuraron su modelo económico que adoptarían y perfeccionarían la Thatcher y Reagan, que el mundo entero siguió con devoción, el neoliberalismo.

Tres aliados en lo económico y en lo político, guerreristas, sin restricciones para ejercer el poder con dureza y decisión, prestos a apabullar contradictores, inflexibles con la protesta popular. En un acto de inhumanidad, que consideró ejemplar, la señora Thatcher dejó morir en una huelga de hambre que duró 157 días a diez presos políticos del IRA. Ni qué decir, por su lado, de la capacidad de Pinochet de borrar del mapa todo aquello que como estructura de comunidad o de acción colectiva fuese sobreviviente de los tiempos de la Unidad Popular allendista, como lo recuerda la película No.

Los tres le impusieron a sus sociedades, y al mundo de hoy, una mentalidad de individualismo ilimitado y con un Estado no intervencionista; creían que el mero desarrollo económico se encargaría de acortar los baches de desigualdad social; la pobreza nunca ocupó su agenda de gobernantes. El resultado, un capitalismo no regulado, centrado en el apoyo a una iniciativa individual ejercida sin restricción, en la defensa a ultranza de una supuesta soberanía del consumidor, en la liberación de los mercados con la preeminencia de un capital financiero desbordado.

Actuaban bajo la lógica de que solamente existen el individuo y sus capacidades personales, donde la solidaridad desaparece como dimensión de la sociedad, y el Estado y su capacidad de intervención son entendidos como una amenaza, lo que llevó a Ronald Reagan a definirlo como la encarnación del mal. Una visión maniquea de un mundo dividido en buenos y malos en el que ellos y sus certezas dogmáticas encarnaban el bien, y los demás eran el mal que debía combatirse y perseguirse con todos los medios posibles.

A la señora Thatcher, Inglaterra y el mundo la despidieron con un sabor agridulce. La polarización que sembró en su país la acompañó hasta su muerte. Para unos fue la Dama de Hierro, bautizada así después de su triunfo en las Malvinas, que con su terquedad e intransigencia salvó del abismo a una Inglaterra que en los setenta estaba derrotada y humillada. En esa tarea destruyó tanto de su acumulado social que a la fecha no logra aún restablecerse plenamente, en sus niveles de empleo y de recuperación económica, peligrosamente centrada en el mundo financiero de la City.

Se fueron los tres, pero su herencia, su ideología, quedó enclavada en la academia y en la tecnocracia de ministerios y organismos internacionales y de un sistema financiero globalizado. Sus herederos, que son muchos, insisten en imponer la misma fórmula, como lo han hecho durante los últimos treinta años, con el resultado que conocemos y padecemos: un mundo patas arriba. ¿No será ya hora de repensar el fracasado modelo?

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