Por: Santiago Montenegro

Mugre en las redes sociales

Si las buenas ideas estuviesen creciendo aunque fuera en un pequeña fracción de lo que lo ha hecho el tráfico de información que circula por las redes sociales, el mundo habría mejorado muchísimo en los últimos años. Pero no es así.

Lo que prevalece es lo que los expertos llaman el ruido estadístico y, en el peor de los casos, el mugre y la basura informática. Lo que sucede es que la buenas ideas —las estructuras simbólicas impregnadas de significado— son el producto de la interacción de hombres y mujeres en pleno uso de todas las funciones del lenguaje humano. Y estas funciones son fundamentalmente cuatro: expresar, señalizar, describir y argumentar. Las dos primeras —señalizar y expresar— los humanos las compartimos con prácticamente todos los animales. Las funciones del lenguaje que nos elevaron sobre las bestias, aun sobre aquellas que tienen lenguajes relativamente sofisticados, fueron las funciones descriptivas y argumentativas. Con ellas se dio el paso más decisivo en la evolución de los seres vivos, cual fue aprender a criticar, pero, sobre todo, aceptar la crítica. Como consecuencia, los humanos comenzaron a eliminar las malas ideas en sus mentes, antes de ponerlas en práctica y, así, evitaron, entre otras cosas, morir prematuramente. Pero, de esa actitud, emergieron también todas las estructuras simbólicas impregnadas de significado, como las teorías científicas, las normas éticas, el derecho, las reglas de tránsito, los mitos, y miles más. Y, a un nivel más mundano, cuando se tiene la capacidad para aceptar la crítica, también se logran otras cosas, quizá no tan importantes, como dejar de hacer el oso o evitar el ridículo. Y todas estas cosas se consiguen porque, gracias al lenguaje, las personas tratan a otras como sujetos y no como objetos para maximizar sus fines personales. El problema de muchas redes sociales es que han potencializado especialmente las funciones expresivas y señalizadoras y no las descriptivas y argumentativas del lenguaje. Estas últimas exigen, además de pausa, interacción entre las personas, relaciones de sujeto a sujeto. Las primeras funciones son unidireccionales e inmediatas: no esperan por una respuesta para construir una frase, una idea o una estructura simbólica más sofisticada. Son relaciones entre un sujeto y una audiencia anónima que se trata como objeto, como cosa. Como ninguno, Twitter simboliza un instrumento que ha potencializado estas funciones señalizadoras y expresivas del lenguaje. Entre otras cosas, porque con tan pocos caracteres es imposible describir o argumentar. Así, el instrumento lo utilizan especialmente jefes de manada que quieren expresar emociones o señalizar directrices al rebaño político, social o económico. En el peor de los casos, lo utilizan para agraviar, acusar o atacar y, como sucede con esta faceta animal de la condición humana, muchas veces describe más a quien lo envía que a su receptor. Pero, la mayoría de las veces, la señal es inocua, no dice nada importante. Es realmente mugre electrónico. Y, como está potencializando las funciones animales de los humanos, en lugar de pensar antes de escribir y comunicar, muchas veces, los jefes de manada escriben y comunican antes de pensar. Lo más curioso e interesante es la reacción de, no todas, pero sí muchas manadas de las redes sociales. No se sabe si, al conectarse con ciertas redes —al igual que con las telenovelas—, mucha gente se embrutece. O se conecta porque ya está embrutecida.

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