Por: Eduardo Barajas Sandoval

Dividida en dos

Los resultados electorales de diferencia mínima, con una alta participación ciudadana, implican para el vencedor la responsabilidad de obrar con extrema prudencia y con el ojo puesto en lo que la casi mitad del electorado hubiera querido que se hiciera desde el poder.

En esta época de comunicación inmediata de los deseos populares, y de posibilidades de fiscalización directa de los actos de los gobiernos, los derrotados en una elección por corto margen tendrán la opción de seguir paso a paso las decisiones y de reaccionar ante ellas en el ejercicio de la vida cotidiana, de manera que sus reacciones adquieren un valor político que no se puede ignorar.

El hecho de que el candidato oficial de la tradición chavista venezolana no haya conseguido, como muchos esperaban, un victoria contundente, resultado de la efervescencia del sentimiento popular por la muerte del comandante de la revolución de más de una década, indica que desaparecido el líder, que se mantuvo en el poder a punta de carisma, discurso y acciones puntuales de beneficio a los abandonados de siempre, el escenario ha cambiado y prácticamente la mitad del electorado desearía que se corrija el rumbo del estado y de la nación.

El fenómeno es una advertencia al nuevo presidente, que tiene ahora el trabajo complejo de interpretar lo que Chávez hubiera querido proponer, tratar de hacer lo que hubiera querido hacer y reaccionar como aquél lo hubiera hecho ante las nuevas circunstancias, para atender a sus seguidores, todo esto sin olvidar que la mitad de los electores se manifestaron en las urnas en contra de un proyecto que después de catorce años tiene ya fisuras difíciles de reparar.

En otras palabras, el resultado electoral venezolano no es simplemente una manifestación de apoyo a la continuidad del chavismo sino que al mismo tiempo significa una advertencia del descontento, casi equivalente, con su proyecto y con su permanencia en el poder. Y esto lo debe tener en cuenta el vencedor, si desea mantener de alguna manera la unidad nacional. Algo que se habría tenido que decir también en el caso de que hubiese sido el candidato de la oposición el que hubiera ganado por corto margen, caso en el cual la advertencia habría sido la de no echar por la borda, de un momento a otro, las conquistas populares de la República Bolivariana.

Pero la prueba de fuego para el nuevo presidente no se puede limitar al discurso y al manejo de las obras sociales del gobierno, sino que tiene en el manejo de la economía su reto más grande y más difícil de afrontar. Algo que no se circunscribe al interior del país, sino que tiene implicaciones internacionales en la medida que Venezuela anda empeñada en acciones exteriores con las que no todo el mundo está de acuerdo. Y en este terreno, la persistencia en un modelo que pretende ir en contravía de la ortodoxia del capitalismo internacional, se verá sin duda afectada por la ausencia de aquel discurso que el promotor del ejercicio manejaba muy bien y que resulta casi imposible de imitar.

Con el país dividido prácticamente en dos, Nicolás Maduro se ha visto catapultado por los acontecimientos al ejercicio de unas responsabilidades que no pueden tener por objeto el fomento de una división nacional, con la insistencia cerrada en un proyecto que no cuenta con el apoyo de la mitad de los ciudadanos. Naturalmente no se trata de que abandone su proyecto para llevar a la práctica el de su adversario, sino de que tenga en cuenta que el apoyo a su programa no ha sido contundente, de manera que el bienestar colectivo se beneficie de las consideraciones que en su momento pueda hacer la oposición. Lo mismo, otra vez, que habría debido tener en cuenta, respecto de los chavistas, si hubiera ganado el candidato de esa oposición.

Todo esto para que se mantenga la concordia en una nación que ha demostrado estar dividida en dos, y que bajo las circunstancias actuales requiere de un esfuerzo de armonía al que ambas partes están obligadas, desde sus diferencias claro está. Porque no se trata de venderle a Venezuela la fórmula colombiana, heredada del Frente Nacional, de que la concordia solo se puede conseguir cuando todos queden dentro del gobierno.

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