Por: Aura Lucía Mera

Una marcha histórica

Emocionante ver los buses que llegaron de Nariño, Valle, Risaralda, Antioquia, Meta, Santander, Atlántico... Muchos viajaron varios días. Varios días para llegar a esta cita histórica. Me emocioné caminando casi treinta cuadras, observando colombianos de todas las regiones, sin distingo de razas, estratos sociales, edades e ideologías. Caminando alegres, unidos por el mismo sueño, que es el de alcanzar la paz.

El Parque Nacional convertido en lugar de reposo para los peregrinos llegados de otros lares... Reclinados en esa grama verde, sin tensiones ni polémicas...

Me emocionó ver empresarios caminando al lado de jóvenes que ondeaban la banderita roja de la Juco, o inclusive del M-19, a la par con amas de casa, adolescentes y universitarios cool. Todo era como un arcoíris de épocas, de ideas, de pensamientos, unidos, repito, en el sueño y la esperanza de vivir en armonía, tomarnos de la mano, reconocernos en el otro y respetarnos, reconciliarnos. Mirar unidos hacia el horizonte y dejar atrás esos oscuros y macabros nubarrones y tormentas que nos han estrangulado más de medio siglo.

Lo absurdo es querer sabotear este proceso. La reconciliación se hace con “el enemigo”, que es nuestro hermano de patria. Todos pertenecemos al mismo útero, este país privilegiado en su geografía y riquezas naturales, que hemos decidido convertir en un infierno. Se llegó la hora de decir BASTA.

Todos descendemos de españoles aventureros mezclados con indias bravías, africanos, ingleses piratas, mercenarios... Aquí no deberían existir castas ni abolengos, porque no existen. Punto. La única diferencia es que unos tienen la chequera abultada y se autodenominaron aristócratas y otros se vieron condenados a no poder salir del círculo maldito de la pobreza y la falta de oportunidades.

Para vergüenza de todos, logramos convertir el país en uno de los más inequitativos. Si lográramos hacer un examen de conciencia a fondo, sin justificaciones, tendríamos que aceptar que los que nunca nos fuimos para el monte, tal vez somos los más responsables del desangre y la rabia acumulada durante siglos en los corazones de tantas generaciones sometidas. De tantos campesinos engañados.

Una cosa es estar de acuerdo con los actos demenciales de la guerrilla, que perdió su norte hace muchos años, y con las atrocidades salvajes de los paramilitares y muchos militares, y otra muy distinta es apostarle a la paz y la reconciliación y luchar unidos por una Colombia más justa donde quepamos todos y nadie, por tener más dinero, se crea superior.

Injustificables los que se oponen al proceso. Ellos son los verdaderos enemigos que Colombia tendría que rechazar. La paz es de todos. Tenemos el deber y el derecho inalienable de lograrla.

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