Por: Santiago Montenegro

Pasado para tener futuro

Una columna de Mauricio García Villegas en El Espectador, y su comentario por parte de Eduardo Posada Carbó, en El Tiempo, deberían abrir un debate muy interesante y productivo sobre el futuro de nuestro país.

 García Villegas argumenta que para tener una paz duradera con la guerrilla necesitamos una pacificación previa de nuestros espíritus. Y acude a la historia de Colombia en donde solo encuentra un país dividido por la geografía, por la historia y por las ideologías. “Aquí los grandes consensos y los proyectos de sociedad han escaseado tanto como la nieve”. Y, agrega, “los colombianos no tenemos una identidad nacional apoyada en ideales o en mitos fundadores”, y dice que de nuestras guerras y de nuestras desgracias no hemos extraído lecciones históricas. Así, García Villegas plantea una visión muy pesimista del futuro de Colombia porque se deduce que, si nunca hemos tenido paz de los espíritus, no hay motivos para pensar que ahora sí la vamos a tener.

A estos argumentos, Eduardo Posada Carbó responde que sí hemos tenido proyectos y experiencias de unidad nacional y que lo que ha ocurrido es que, en alguna medida, la destrucción de los íconos de la independencia y de esas experiencias unificadoras ha sido obra de los mismos intelectuales colombianos. Y da algunos ejemplos, como el que se dio en torno a la Unión Republicana, la del Frente Nacional para terminar con la dictadura o la misma Constitución de 1991. A estos, habría que agregar el consenso de repudio a las Farc, que el mismo García Villegas menciona, citando a Hernando Gómez Buendía. Pero, consistente con este último, quizá el más importante de todos los consensos ha sido el rechazo a los gobiernos caudillistas y a las autocracias. Porque si algo ha caracterizado la historia de Colombia, y a diferencia de la gran mayoría de países de la región, ha sido la ausencia de caudillos, de hombres fuertes y de dictadores militares. Desde el comienzo de la República, y salvo muy pocos años, Colombia ha sido gobernada por civiles, que han sido elegidos por procedimientos electorales y han hecho un uso limitado del poder. Pese a todos los problemas y deficiencias de nuestras instituciones, este es un activo muy importante que ha unido a la mayoría de los colombianos a lo largo de la historia y que todos, incluyendo nuestros intelectuales, deberíamos recalcar y enfatizar mucho más a menudo.

En este sentido, y a diferencia de García Villegas y de Posada Carbó, yo encuentro elementos positivos en la llamada fragmentación regional y geográfica de Colombia: un país con regiones fuertes y relativamente autónomas, en uno de los territorios más quebrados del planeta, se convirtió en un obstáculo formidable a gobiernos hegemónicos, centralistas y autoritarios. Creo en la democracia liberal y, por lo tanto, en la noción de que el poder debe ser limitado —léase fragmentado— tanto en el espacio como en el tiempo. Por eso, debemos fortalecer la división de poderes y revisar la reelección presidencial. Creo que la reelección inmediata ha traído más costos que beneficios y quizá debamos regresar a la reelección mediata que teníamos antes de la Constitución de 1991 y que hoy tienen los chilenos. Y deberíamos, también, prestar más atención a historiados profesionales, como Posada Carbó, quien encuentra en nuestro pasado muchos hechos positivos que nos hacen pensar que sí podemos tener futuro.

 

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