Por: Ignacio Zuleta

'Lectio'

“En la cámara secreta del palacio se guardaba el más precioso tesoro de la tierra: El libro de la verdad… Era un libro que todo hombre puede leer, aunque sólo a fragmentos”. Así comenzaba en las noches la tía, leyéndonos los cuentos de Andersen en voz alta a sus sobrinos.

Y continuaba con tono misterioso y dicción impecable: “Ante algunos ojos las letras bailan y no dejan descifrar las palabras. En algunas páginas la escritura se vuelve a veces tan pálida y borrosa, que parecen hojas en blanco. Cuanto más sabio se es, tanto mejor se puede leer, y el más sabio es el que más lee”.

Y es que leer en voz alta les da aliento a las palabras. Los niños más despiertos se sienten fascinados con una buena lectura a viva voz. Es uno de los actos más placenteros de la vida que prepara el cerebro para asociar lectura con placer, ensancha el conocimiento, incrementa el vocabulario y sirve de modelo. Compartir una sesión de lectura en voz alta forma un vínculo, divierte y estimula la curiosidad. Leer ante un público es un ejercicio que desarrolla las capacidades de oratoria y la confianza en el escenario.

Si le hemos de creer a la estadística, los colombianos somos analfabetos disfrazados. No basta poner una sílaba detrás de otra. Hay que llegar al punto del ejercicio placentero y estético que permita entender lo leído y disfrutarlo. Un enorme porcentaje de los estudiantes colombianos no pasa las pruebas internacionales de comprensión de lectura. Y es una lástima, pues los buenos maestros saben que leer bien es pensar bien; la lectura en voz alta estimula la capacidad de comprensión que, en último término, es el propósito de una buena pedagogía, que con el acceso a la internet ya no requiere enormes listas de memoria.

Si el profesor, el locutor y el cura se enredan en las frases, si creen que las comas son para respirar y allí tropiezan, el sentido se interrumpe; si el acento es impostado, o si la habilidad no logra adelantarse unas palabras para entender el contexto, la comunicación desaparece. Pero cuando aquellos que tienen el gusto por la lectura les transmiten este arte a los niños —o a los adultos— en voz alta, se abre un universo. Nuestro desarrollo intelectual es primero auditivo; los encuentros iniciáticos con la lengua materna y la cultura son orales, y el placer de entender y entendernos a través del lenguaje sonoro precede a la lectura y la escritura.

La lectura en voz alta es una de las claves más sencillas para educarnos bien. Los griegos antiguos —nos recuerda Juan José Fuentes en un delicioso ensayo titulado “La libertad y el placer de la lectura”— se sentaban en comunidad a escuchar narraciones escritas y a discutirlas. De hecho, las obras de los más grandes fueron compuestas para ser recitadas, tanto que Cervantes en su preámbulo a El Quijote introduce conscientemente la innovación de dirigirse al “desocupado lector”. Los monjes medievales comenzaron una tradición que continúa: la lectio, en la que los iletrados pueden participar de la escritura. Si en lugar de tanta televisión, tabletas y teléfonos más inteligentes que sus dueños, los padres y maestros, entrenándose un poco, retornaran a la costumbre de la lectura en voz alta de cuentos y poemas, los colombianos aprenderíamos a escuchar, a leer y a escribir bien. Y falta que nos hace comunicarnos de manera adecuada y verdadera.

 

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