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Juan Manuel Ospina 24 Abr 2013 - 11:00 pm

El globo que se reventó

Juan Manuel Ospina

Difícil una figura jurídica que le haya hecho más daño a nuestra vida política y a nuestro ordenamiento institucional que la bendita reelección presidencial.

Por: Juan Manuel Ospina
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La primera en soltar la idea fue Piedad Córdoba, surgida probablemente de conversaciones en La Habana: ampliar el período dos años al Presidente Santos y al Congreso, para darle continuidad a las negociaciones con las Farc.

La idea quedó ahí. Luego Juan Manuel Corzo, con una visión de largo plazo, planteó algo fundamental para la salud de nuestra vapuleada democracia: acabar con la reelección y ampliar el período presidencial a seis años. No pasó nada igualmente, hasta que Santos planteó la posible ampliación a seis años del período de gobernadores y alcaldes a cambio de la no reelección. Mencionó, como quien no quiere la cosa, que estaría interesado en reelegirse para ejercer el cargo solo dos años y que en lo sucesivo el período presidencial fuera de seis sin reelección. Tesis que alborotó de inmediato el mundo político, pues la insinuación presidencial ponía patas arriba el escenario electoral del 2014 y las expectativas e intereses que allí estarán en juego.

Dejando de lado la discusión de su factibilidad práctica y política, rescato el sentido e importancia de las ideas que se expresan en las dos propuestas. La primera tiene que ver con la intencionalidad presidencial frente a la paz. Ernesto Samper lo anotó acertadamente al afirmar que “el comentario presidencial” revela que para Juan Manuel Santos la paz es el fin y la reelección el medio. Entender el punto le otorga aún mayor legitimidad a la política de paz presidencial, quitándole el tufillo electorero que más de uno le ha endilgado. Además le fija un calendario más realista a las negociaciones, pues no creo que nadie en sus cabales piense que éstas pudieran seguir “como si nada” en medio de una campaña electoral marcada por la profunda polarización que en lo político vive el país, en buena medida por el tema de las FARC que, como pocos, sigue incidiendo en la agenda pública.

La ampliación excepcional del período presidencial alejaría la tentación de negociar bajo presión por el tiempo que se agota, con el riesgo de improvisar decisiones lo que sería, eso sí, absolutamente irresponsable. Con calma y cabeza fría se podría, una vez firmado el acuerdo político que se alcance en La Habana, proceder a su legitimación popular, bien por referendo bien por una constituyente que se convoque con una agenda rigurosamente definida y previamente aprobada tanto por las partes negociadoras como por el voto ciudadano.

En segundo lugar, alegra saber que somos muchos los críticos de la figura de la reelección de los funcionarios públicos – Presidente de la República, Procurador, Contralor…-. La reelección inmediata es una figura político-constitucional exótica a nuestra tradición, cultura y costumbres políticas, llegada a Colombia y la América Latina del brazo de gobernantes mesiánicos que se ven a sí mismos como irremplazables. Lo conveniente, lo democrático es reelegir las buenas políticas para darles continuidad, no a las personas para perpetuarlas en el cargo. Muchos de los escándalos políticos recientes son hijos legítimos del afán reeleccionista de algunos “iluminados”.

Difícil una figura jurídica que le haya hecho más daño a nuestra vida política y a nuestro ordenamiento institucional que la bendita reelección, empezando por que masacró la separación de los poderes públicos y la independencia y majestad de la Justicia y de los órganos de control.

Estamos ante iniciativas que no pelecharon políticamente a pesar de su conveniencia para resolver cuestiones de fondo que reclaman inmediata atención. El tema es serio y queda planteado. Su abordaje no puede reducirse a “echar globos” para ver qué pasa.

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