Por: Andrés Hoyos

La parábola del trigo

Jorge Enrique Robledo quiere forzar a Colombia a inscribirse en la parábola del trigo. En efecto, cada que le dan un micrófono el senador se duele del cruel destino que ha tenido este cultivo entre nosotros, borrado primero por la apertura económica de Gaviria y rematado luego por los TLC. Según eso, el proyecto de desarrollo agrícola que ha de estar cocinando el Polo y que hasta ahora desconocemos nos obligaría a denunciar los tratados comerciales vigentes y encerrarnos entre cuatro paredes para acercarnos a la autosuficiencia, digamos, en trigo.

Dado que Colombia es un país tropical, lo obvio es mirar qué hacen los países de esta zona climática exitosos en agricultura. Existen en el mundo cuatro potencias agrícolas con climas tropicales: Indonesia, Nigeria, Tailandia y Malasia, número que sube a seis si se agregan las áreas tropicales de India y Brasil. Un ejemplo bastará para establecer la escala: Indonesia produce 28’000.000 de toneladas de aceite de palma, casi 30 veces más que las muy cacareadas 960.000 que llevamos en Colombia. Aparte de su éxito, estas cuatro potencias tienen otra característica en común: ninguna produce trigo, incluso producen menos que Colombia. Brasil, que sí tiene algunas tierras templadas aptas para ello, importa de todos modos el 70% del trigo que consume. ¿Estarán jugando doña Dilma y sus alegres muchachos en forma irresponsable con la seguridad alimentaria de los brasileños?

Antes de la fatídica apertura de Gaviria, Colombia era un país pobre, desigual y ensangrentado, pero por lo menos se acercaba a la autosuficiencia en trigo, ¿o no? Pues juzgue usted: en 1989 produjimos 84.000 toneladas e importamos 706.000, algo así como el 89% del consumo. ¿Y son los TLCs los que impiden que se cultive trigo? Entonces Ecuador, un país refractario a firmar este tipo de tratados y tropical por definición, debería tener una gran producción de trigo. ¿Es así? Tampoco. Allí el trigo casi no aparece en las estadísticas: en 2012 produjeron 8.000 toneladas e importaron 575.000, el 98,6% del consumo.

De lo anterior se deduce que lo que tiene que hacer Colombia no es producir trigo, un cultivo imposible de mecanizar en las montañas y que por lo mismo tiene aquí costos prohibitivos, sino multiplicar por diez, digamos, la producción de palma africana, caucho, cacao, hortalizas y frutas tropicales, y duplicar o triplicar aquellos cultivos en los que medio sobresalíamos: café, papa, banano, caña de azúcar, arroz, soya y maíz.

Nuestra agricultura ciertamente tiene muchos problemas, pero no son los que resultan de las parábolas del senador Robledo. Estamos obligados a invertir muchísimo más en riego, en adecuación de tierras, en infraestructura y vías de penetración, en tecnología de cultivos, en educación técnica y en investigación. Por si acaso, ninguno de estos rubros está prohibido por los tratados comerciales vigentes. Aparte de eso, un gran trozo de las mejores tierras de Colombia está secuestrado por mafiosos, paramilitares y testaferros, que no son agricultores. Si se suman a la cocción la violencia, que afecta sobre todo la inversión en cultivos permanentes típicos del trópico, y la revaluación causada por la locomotora petromineral, tendremos el desolador panorama actual.

El tema es fundamental y no cabe en una columna, pero la vía hacia su comprensión no es fijando dogmas imposibles como hace nuestro elocuente senador.

 

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