Por: Juan David Ochoa

Semántica de fachos

Podrían parecer aisladas las noticias sobre la reciente inclinación de personajes públicos al despotismo, a los métodos sinuosos de la represión: la andanada del congreso contra el matrimonio igualitario, que demostró, una vez más, en la infinita demostración del clientelismo inexpugnable, la violación profunda a una constitución de papel que sigue sin servir bajo su pretensión reformista.

La evidente persecución política del procurador a la alcaldía de Petro en una clara venganza contra ideas disímiles y antagónicas. La instigación obsesiva y peligrosa de Francisco Santos y de su jefe lenguaraz, que estuvo al borde de crear un cataclismo en el proceso de la Habana por una pública información de coordenadas, y en general, abierta y sutil como los grandes peligros, la morbidez patriotera de un país hundido en polarizaciones negadas a toda insinuación de consensos o equilibrios entre razas, tesis o sexos, reflejadas en religiones radicales y en movimientos ridículos como ese clan de neonazis colombianos ( Neonazis colombianos) que entre toda la contradicción y la ironía posible, siguen creciendo en los rincones de la confusión, cantándole himnos al Fuhrer, imaginando los retornos de su imperio hundido, negando el Holocausto e insinuando aún el predominio de la sangre azul.

Estas noticias podrían parecer aisladas en un país amañado a los resentimientos y al crimen, a la venganza y al canibalismo político y social, pero hacen parte de la misma intransigencia rapaz que ha a succionado a esta parodia desde siempre, como hacen parte también de una cuestión de lenguaje y de semántica.
Nunca pudieron entender en el congreso inútil, por ejemplo, la clara diferencia entre Moral y Ética. Conjugaron los conceptos en el tacto liviano de sus intereses hasta hacer de ellos peroratas de niebla y flatulencias de furia y abstracciones sin fondo, y regalías, claro, y favores pagos. Nunca entendieron que el concepto de “dios” estaba fuera de contexto en un debate soportado en la reforma constitucional que sugería desde el día olvidado ( 4 de julio de 1991) que Colombia es un estado laico, y que el sagrado corazón no existirá nunca más en los dominios de la ley, como tampoco lo hará ninguno de sus mitos enemigos. Tampoco lo entiende hasta hoy el omnívoro Alejandro Ordóñez, que no descansa en su labor de Obispo resentido, defendiendo su proselitismo sobre puestos públicos, atacando con su báculo los hologramas espectrales de la izquierda que le enturbian el mundo. No logra entender aún el significado de la democracia, ese espacio en el que cabe el caos con sus fuerzas antagónicas, con sus ideas disímiles, con sus tesis enfrentadas para un amplio dialogo entre realidades. Ese concepto simple no lo entiende aún, como tampoco lo entiende su grupúsculo de déspotas, que en el dolor de lo que llaman Patria, añoran en silencio los ejércitos clandestinos que acribillaban los residuos de “la peste”, como los añoraba el exministro Fernando Londoño hace unos años en un artículo elogioso a las ideas y al fervor del comandante Castaño.Es un problema de semántica y de odio atravesado entre las nuevas versiones del fascismo.

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