Por: Javier Moreno

La elocuencia del pasado

Incluso a pocos metros de la pirámide de Kukulkán, aplastado por su imponencia, cuesta creer que este lugar exista. Resulta apenas justo que algunos imaginen extraterrestres descargando construcciones inmensas en el medio de la selva.

Chichén Itzá, más que de piedra, está hecho de historias. Durante la visita oigo a los guías de los diferentes toures ofrecer interpretaciones dispares sobre las construcciones y las sociedades que las erigieron y habitaron. Cada interpretación es una fábula que se adecúa a la perspectiva de mundo del narrador. Algunos enfatizan el descuido ecológico de los mayas y justifican así el colapso de su imperio. Según esta perspectiva, el abandono de Chichén Itzá es una advertencia sobre los riesgos de la explotación desmedida de la tierra. Ellos también pensaban que estaban por encima del tiempo, que lo controlaban. Lo mismo nos pasará a nosotros.

Otros se concentran en rebatir las lecturas apocalípticas del recién superado reinicio de la larga cuenta promovidas por canales culturales de televisión por cable. Este discurso es contestatario y burlesco. Los pobres extranjeros crédulos no entienden la sutileza de los cálculos y adaptan sus rudimentarias mitologías lineales a cosmogonías cíclicas. Inicialmente parece que promueven una posición escéptica ante el alarmismo esotérico pero pronto se vuelcan en explicaciones pseudo-científicas sobre flujos de poderosas energías que los mayas controlaban gracias a su contacto directo con el multiverso.

A mi lado, un hombre le explica a su hijo la doctrina de la transmigración de las almas. Tal vez alguna vez fuiste maya, le dice. El niño parece confundido. Al fondo un hombre lee en voz alta apartes del Popol Vuh y describe bolas de caucho de tres kilos de peso que atraviesan aros de piedra verticales a cuatro metros de altura gracias a un golpe grácil y preciso de cadera. Aquel que marca es sacrificado. Alguien atrás menciona la película de Mel Gybson. Un nativo lo reprende: esa película no dice la verdad. En el bus, antes de llegar, el guía nos felicita por haberlo contratado: sin él no entenderíamos nada porque las piedras no hablan.

Pero las piedras hablan. Tal vez no explican ni interpretan ni pontifican, pero hablan. Lo que pasa es que no hay moralejas fáciles en su rumor silencioso. Diez minutos hacia el sur de la gran pirámide están las ruinas de un observatorio astronómico. Pocos llegan hasta ahí. Media cúpula rojiza sobrevive. Alguna vez los sacerdotes subieron esas escaleras para registrar el paso de las estrellas y predecir sus trayectorias. Lo escribieron todo pero de nada sirvió. Conocieron el futuro y el futuro los olvidó. Lejos de los guías y sus peroratas memorizadas, Chichén Itzá rezuma nostalgia por un pasado perdido, literalmente incinerado, que intentamos conectar sin éxito a nuestro presente para conjurar su gloriosa eternidad truncada.

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