Por: Paloma Valencia Laserna

Santos no es un demócrata

La democracia es un sistema plagado de defectos, sin embargo, la creatividad humana no ha sido capaz de diseñar algo mejor.

El sistema mantiene el debate y permite la alternancia de diferentes ideologías de acuerdo con la voluntad de las mayorías. Es así como el gobierno de las mayorías y las instituciones estatales tienen como función principalísima mantener los espacios políticos de quienes no se ven favorecidos por el voto popular. 

Las minorías pueden seguir defendiendo sus convicciones y presentándoselas a la opinión, con miras a ser ganadores en el futuro. Las decisiones de la mayoría son tan importantes como la protección de las minorías; lo contrario rompe el eje fundamental de que el pueblo es quien escoge: si sólo hay una alternativa, no hay decisión posible.

Venezuela es ya una dictadura. No sólo se cuestiona la manera como fueron escrutados los votos, pues si el chavismo ganó las elecciones, su manera de proceder es propia de las tiranías. Están eliminando los derechos de la oposición: instituciones parásitas, amenazas y censura. A los diputados electos se les arrebató el derecho a la palabra, luego se les da una paliza, mientras que Cabello, como presidente de la Asamblea, continúa sus discursos con la tranquilidad de quien es cómplice. El gobierno justifica los hechos alegando una provocación de los opositores. Globovisión, canal afín a la oposición, por presión del gobierno será entregado al hermano de un reconocido chavista. No hay vergüenza.

Este debate debería superar las ideologías, pues versa sobre la esencia misma del sistema democrático. Una mayoría no puede destruir otras alternativas de poder, pues ese tránsito significa la destrucción misma del sistema democrático; el inicio de un régimen tiránico. Sin embargo, unos gobiernos latinoamericanos guardan pasmoso silencio cómplice y otros más son decididos alcahuetas. Los primeros pusilánimes y los segundos llenos de mezquinos intereses: o bien deben cuantiosas sumas de dinero al chavismo, o bien sobreponen consideraciones ideológicas a los principios demócratas.

Santos —no Colombia— decidió empeñar la democracia venezolana para mantener sus relaciones con Maduro. Algunos le dan la razón; sostienen que de ello depende el proceso con las Farc, que esa es la función de la diplomacia; unos se escudan tras el respeto a la soberanía de Venezuela; dejando de lado que el país tomó partido en Honduras y Paraguay.

La razón es lo de menos. Es evidente que Santos considera que hay algo que vale más que la democracia. Su desdén no es propio de un demócrata. A su complicidad para la aniquilación de la democracia en Venezuela se le suma su menosprecio a la democracia colombiana. No le bastó su engaño al electorado uribista, que votó por un proyecto contrario. Ahora, con el proceso de paz, le pone a nuestra democracia una bomba de tiempo. Las Farc no son demócratas, ni van a empezar a serlo por firmar un papel. Su mecanismo actual de acceso al poder supone la eliminación violenta de los contradictores. Si eso cambia —lo que es poco probable— y optan por la política, ésta será tan solo un medio. Una vez obtengan el poder se comportarán como los chavistas: destruirán toda alternativa posible, restringirán los debates, la diferencia, eliminarán cualquier forma de oposición. Las Farc en la política seguirán representando una amenaza: la destrucción de la democracia.

 

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