Por: Santiago Gamboa

Memorias de una ciudad y un bar

Me fui de Bogotá a los 19 años, rumbo a España, con una maleta en la que debía caber una vida entera.

Atrás quedaba, entre otras cosas, mi adolescencia, que fue sobre todo un mapa de luces en lo alto de la montaña, una serie de itinerarios por la ciudad buscando responder algunas preguntas, o tal vez buscando preguntas nuevas, diferentes de las que mi pobre experiencia me ofrecía. En esos años Bogotá era una ciudad oscura y fría que intentaba abrirse paso hacia la modernidad. Yo estudiaba literatura en la Javeriana y mi aporte a ese movimiento era algo confuso: consistía en andar por la calle de ruana, zapatos chinos de tela negra y muchos collares precolombinos. A Bogotá, como a nosotros, la iluminaba un sol pálido y todos estábamos un poco marchitos.

Ese ir y venir nocturno, a veces sólo y a veces con otros aspirantes a autores, acabó por llevarme a una casona de principios de siglo entre las avenidas Chile y Caracas. En la azotea funcionaba la salsoteca El Goce Pagano del norte. Allí nos dábamos cita los jóvenes de clase media que veníamos a tragarnos el mundo con actitudes literarias extremas; recalábamos allá los viernes, como un banco de peces llevado por la marea, y por unas horas dejábamos nuestro temperamento brutal y salíamos a la pista a flotar con la música de Richie Ray y Bobby Cruz, Héctor Lavoe y la Fania All Stars. Hoy, cada vez que escucho la voz salivosa de Pete El Conde Rodríguez atacando Catalina la O, una extraña fuerza me lleva de vuelta a ese lugar oscuro, de techo abuhardillado y luces de colores donde bailaba hasta el amanecer. Ir al Goce era un gesto de descontento que a mí me parecía literario.

Una vez tuve ahí un extraño encuentro. En una de las mesas reconocí a un antiguo profesor del colegio, un haitiano, exiliado político del régimen de Duvalier, a quien llamaré L. Parecía triste y agarraba su botella de cerveza con fuerza. Lo abracé de alegría pero me sentí extraño. L era testigo de ciertos años de mi vida que yo daba por concluidos, y que de repente estaban de nuevo ahí. Me invitó a sentarme y quiso saber de mis estudios de literatura. Le contesté que ahí iban, y pasó un rato. De pronto, en medio del ruido, se sobrepuso una tonada que no iba con la música, y al darme vuelta resultó ser el profesor L. Estaba llorando a mi lado y yo no me había dado cuenta. Hice un gesto interrogador a sus amigos. Uno de ellos, cuyos rasgos no pude distinguir por lo oscuro del rincón, se acercó y me dijo, con marcado acento francés, “la señora L falleció hace cinco días”. Luego sabría que la mujer había caído del carro que manejaba L; otras versiones decían que se habían estrellado contra un árbol. Nunca supe cuál fue la verdadera, pero verlo llorar de ese modo fue una gran lección, tal vez la más importante que me dio.

La primera vez que entré al Goce era un adolescente de quince años y cuando salí, a los diecinueve, ya estaba listo para lanzarme a la vida y nadar en alta mar. La imagen de joven iracundo, enfrentado a todo, se transformó esa noche en que L me hizo vislumbrar cosas esenciales. Su melodía triste se convirtió en la pregunta que ansiaba encontrar y jamás responder. Una música que atesoré durante años y que me ayudó a escribir mis primeros libros.

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