Por: Columnista invitado

Si es urgente, no llame al 123

Mientras escuchaba repicar el teléfono, sospechaba que no iba a ser fácil pedir una ambulancia; esperaba que fuera igual de complicado a pedir una cita médica con la EPS o solicitar asistencia técnica por servicio al cliente. Pero me topé con algo peor en la línea 123.

—Necesito una ambulancia.

—¿Qué tiene el paciente?

—¡Se está muriendo!

—Un momento.

Una irritante canción me torturó mientras esperaba; pensé que me iban a colgar, por lo que volví a llamar. Me contestó un operador.

—¡Necesito una ambulancia urgente!

—Un momento le tomo unos datos.

Sentí un alivio efímero que desapareció en segundos.

—¿En qué estado se encuentra el paciente? ¿Cómo está la tensión arterial? ¿Qué temperatura tiene? ¿Ha sufrido del corazón?

El operario pseudomédico intentaba hacer un diagnóstico, desvirtuando la urgencia y la desesperación que sentía, mientras, mi abuelo vivía sus últimos momentos. Era un hombre de 85 años, el cáncer que padecía se estaba agravando y sentía una fuerte presión en el pecho. Ningún otro transporte servía en sus circunstancias, porque debían transportarlo acostado. Finalmente, el operario me dijo que la ambulancia se demoraba una hora.

No tuve más remedio que esperar e intentar tranquilizar a mi abuela. Llamé de nuevo después de la hora; al parecer ya tenían mis datos. El operador, con un tono pasivo e indiferente, que contrastaba con mi voz desesperada e indignada, me dijo que aguantara porque no tenían ambulancias disponibles. La rabia me hizo tirar el teléfono.

Perdí tiempo llamando al 123, que de línea de urgencias no tiene nada, más bien debería llamarse línea para reservar urgencias en el futuro. Pedí ayuda por redes sociales y gracias a los retuits recibí varios números de ambulancias. Por último, llegó un servicio privado a la 1:00 de la mañana, después de cuatro horas de intentos. Si no hubiera llamado al 123 le habría ahorrado mucho dolor a mi abuelo.

No puedo afirmar que un servicio oportuno, o por lo menos a tiempo, hubiera salvado la vida de mi abuelo, porque murió varias horas después de ser atendido. Pero en la mayoría de los casos un desfibrilador, tanque de oxígeno o un simple torniquete adecuado pueden salvar vidas. Desafortunadamente, muchos siguen sufriendo al teléfono, a la espera de ser atendidos, los pacientes mueren por no ser auxiliados a tiempo, y el ineficiente sistema de salud sigue cobrando víctimas.

*Oswaldo Beltrán

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